Daniel Galantz es un fantástico humorista gráfico que los que siguen este blog ya conocerán. Para los que no lo conozcan recomiendo que visitéis su blog GALANTZ.

Pues bien, cual fue mi sorpresa cuando hace unos días abrí mi correo y vi un mensaje suyo en el que me enviaba un bonito diseño para El Microrrelatista. Me gustó mucho y es el que podéis ver en la cabecera de esta página.

¡Gracias Daniel!

sábado, 11 de diciembre de 2010

La pesadilla de madera

Le encantaba decir historias adornadas de ingenuidad infantil, hasta que lo atraparon...
Sus mentiras hinchaban su nariz de proyectil.

Poco le importaba tal desdicha, su padre que era carpintero lo había creado con mucha pericia.

El domingo pasado, el cura Anselmo le dijo que sus pecados lo condenarán a quemarse en el  infierno.
Desde entonces el chiquillo duerme cerca del primer peldaño de la escalera.
Siempre vigilando que los cerillos estén lejos, de su cuerpecito de madera.

AMANECER DE CONFIDENCIAS

No pensé que fuera tan honrado el cocodrilo. Apenás dejó su cama hecha, fue a contarle sus sueños a la débil piraña. En ese momento soltó sus lágrimas. La piraña sin embargo eructó.

Recuérda... me

“… Espero que recuerdes, aunque sea un minuto, lo que fuiste… lo que fuimos y me dediques un gesto, aunque mudo, para entender que continúas conmigo. Lo sabré entender y me ayudará a seguir adelante…”

Así terminaba la carta que Laly le había escrito a su amado Francisco.

La depositó en la bandeja, dónde le había preparado el desayuno.  Al lado, un sello comprado el día de antes en una antigua Filatelia, no en vano,  Francisco había sido buen aficionado al bello arte de coleccionarlos.
Allí esperó sentada en su butaca a que él, su primer gran amor, iniciara el protocolo de todos los días con las tostadas y el café. Sin palabras… Con la mirada perdida en la taza o en la cucharilla… En su mundo de ausencia…

Una gota de café salpicó el sello y una exclamación, apenas perceptible, hizo que Laly le escudriñara con esperanza. Francisco tomó el sello y se lo llevó al jersey para limpiarlo; lo miró; lo volvió a limpiar y se lo llevó a la cara para notar la caricia en su mejilla… Cogió la carta con ambas manos y, por primera vez en mucho tiempo, pareció que leía. Los ojos bajos siguiendo cada línea… de izquierda a derecha… de derecha a izquierda.

Paró. Se llevó la carta a los labios y, con los ojos cerrados, la besó. Levantó la mirada, como un niño asustado, buscando los ojos de la mujer. Ojos nublados,  inundados de líquido. Parpadeó y las lágrimas comenzaron a fluir…

Cruce de miradas que reflejaban el inmenso amor que se sentían.

Tendió su mano hacia ella y le dijo: “Te recuerdo y te amo, ¡te amo tanto!… que me duele  tenerte apenas por un instante…”. Un profundo beso selló el reencuentro de los enamorados.

Segundos de delicada lucidez en meses de silencio.  La enfermedad de Francisco les acababa de conceder un breve tiempo de ternura… suficiente para seguir adelante.

ANTIPOLILLAS

Abrí el armario y me encontré a un hombre desnudo. Extrañada, le pregunté qué hacía allí dentro. Me dijo que permanecía escondido desde que el marido de la anterior inquilina apareció una tarde de improviso. Luego me suplicó si podía quedarse. Prometió no hacer ruido ni arrugarme los vestidos. Tras veinte años encerrado se había acostumbrado al olor a lavanda del antipolillas. Accedí y cerré otra vez la puerta con llave. Sólo quería recordar qué se siente cuando alguien te mira mientras te quitas la ropa. Aunque fuera a través del ojo de una cerradura.


Agustín Martínez Valderrama

viernes, 10 de diciembre de 2010

Por una mirada...

Tiene los ojos grandes, claros, con largas pestañas y una mirada hipnotizante.
Desde pequeño supo que ese era su mayor atractivo. Solía quedarse quieto mirando a las amigas de su madre y después, de soslayo, al plato de galletas que ponían sobre la mesita. Nunca tuvo que abrir la boca para pedirlo.
Más de una vez se salvó de un castigo sin mediar palabra. Callado, clavaba los ojos en el suelo y después los alzaba lentamente hacia su madre. Nunca llegó a pedir perdón.
En el colegio siempre ensalzaron su nivel de concentración. Realmente se pasaba el día soñando despierto pero seguía con sus ojos los movimientos del profesor que se sentía observado, atendido e incluso, a veces, intimidado.
Ni que decir tiene que las chicas suspiraban por esa caída de ojos desde el otro lado de la barra, por un guiño cómplice, por esa forma provocativa de mirar de abajo arriba lentamente hasta llegar a los ojos, conseguir que su presa bajase la mirada y con ella entregase las armas.
Hasta ayer.
Iba sentado en el metro y como tantas veces se ha entregado a su pasatiempo preferido. Elige una mujer atractiva. Se sitúa frente a ella y comienza a observarla. Primero con discreción. Disimuladamente. Como si le diera vergüenza. El momento crucial es el cruce de miradas. Mientras aparta los ojos esboza una sonrisa. Premio. O no.
Al percatarse de su presencia ella no ha bajado la cabeza. Se ha quedado mirándole fijamente a los ojos. Solo el frenazo del tren al llegar a la parada ha roto la conexión pero ella ni se ha inmutado. Quizás ni siquiera le mirara a él sino al infinito, pero él no tiene manera de saberlo. Ha buscado de nuevo sus ojos sin éxito. Ella se ha levantado del asiento y se ha dirigido hacia la puerta de salida. Sólo un segundo después él la ha seguido y sus ojos se han perdido entre la multitud.
Hoy su nombre, el de ella, aparece en primera página de los periódicos.

Puck

Títeres


De pronto el títere se dio cuenta de que estaba siendo manejado mediante hilos finísimos.

Preso del pánico empezó a revolverse y a luchar contra los tirones que le impedían mover libremente sus miembros. Desesperado, en un último intento, colocó sus dientes sobre la cuerda y mordió con todas sus fuerzas. Entonces, su inerte cuerpo de madera se desplomó contra el suelo para no volverse a levantar.

El hombre lo recogió y fue a buscar otro de los muñecos que había en un pequeño estante.

-Javier Domingo-

Adoración




Un par de piedras planas encastradas en los ojos, donde había esmeraldas y los caracolitos engarzados en los huecos del manto, donde estaban las perlas y rubíes, fueron las pistas que llevaron a los investigadores a rastrear en la playa lindera a la iglesia.
En una de las grutas naturales formadas en las rocas, encontraron el botín. Un semicírculo de velas ardientes custodiaba una imagen de la Virgen del Rosario. Hecha de barro por manos inexpertas, presidía un improvisado altar de lajas y restos marinos. Un grupo de niños harapientos la adoraban detrás del círculo candente. “¿No es hermosa nuestra madre?” preguntó una niñita de cara sucia a los uniformados. La cristalina esperanza que refulgía en aquellos ojos barrosos les anudó la garganta y la culpa. Se retiraron dando por concluida la búsqueda y cerrando el caso. Más ligeros de conciencia, sentenciaron: “La iglesia bien puede reponer las joyas”.
En la gruta, los niños ya se han bañado y vestido y están colgándose las mochilas. Sus padres encabezan la fila india. “Apúrense niños, que la próxima Iglesia queda a dos kilómetros por la playa. Llegaremos justo al anochecer.”


Claudia Sánchez

jueves, 9 de diciembre de 2010

Equilibrio en el parque.

En el estanque, un nenúfar flota, indiferente a la rana que a punto está de saltar encima de él. A su vez, el pequeño batracio, sólo presta atención a la libélula posada dos hojas más allá. Y creo que en el parque, soy yo el único que se percata de la situación mientras los toboganes se pulen, las ruedas de los carricoches chirrían y las gotas de sudor resbalan por las pequeñas frentes infantiles.

Torcuato González Toval

Sin manchas

- Hija mía, cámbiate de ropa, ¿no ves que te has manchado la blusa con el corrector? Ah, y dale betún a los zapatos, que están polvorientos del camino. Límpiate las uñas, que las llevas untadas de tinta. Lávate el pelo, que pareces una fregona. Aplícate un poco de perfume, que se vaya ese olor que desprendes a goma de borrar. Embadúrnate las manos con crema de aloe vera, que se te van a agrietar,…
- ¡Ay, mamá, con esto de ser la Inmaculada siempre tengo que ir hecha un pincel!

Diego Morales


miércoles, 8 de diciembre de 2010

Juan 13:34

El sacerdote empezó el sermón aquella mañana:"Un nuevo Mandamiento os traigo... amaos los unos a los otros…"
Cuando hubo terminado la ceremonia, no estaba seguro de si el mensaje había llegado de manera adecuada a sus fieles. En el banco de la primera fila una joven que no le había parado de mirar con ojos picantones, comenzó a desabrocharse los botones de la blusa.

Muñeca

Ella es una pobre y sencilla muchacha, flor de mujer, perfume de múltiples fragancias. Jamás supo dominar su pasión. De amores ignora el más mínimo don, también desconoce de arte. Amargo sabor el que le dejó aquel primer amor.

No sé si ella quiera amar de nuevo, amarga sensación. Pasiones pasajeras las que ella experimentó, del amor cómo baratija en apuesta todo lo arriesgó. Mal pago y traición, agonía perpetua, pérdida de la razón.

Ya no más es dueña de su corazón. Cuál vicio el artificio y penumbra del callejón. Belleza interior ella regaló, belleza que jamás se le recompensó.

Capricho de aquel imbécil que lastimó su corazón.

Muñeca y alma hueca jamás volverá a empeñar su corazón.

Por el momento esta es aquella pobre y sencilla muchacha, flor de mujer, perfume de múltiples fragancias. Aguarda el momento y llegada del verdadero amor, el despertar del arte de la más fina y sutil pasión.

Muñeca.

-Mujer, muñeca, traición y pasión…

-¿Qué dices musa titiritera? Nuevamente me usas para escribir artificios de desventura y dolor

-Espera escritor, tú has creado a la muñeca. Vida le has dado a través de tus letras y un poco de inspiración

-Pero aquella muñeca no existe ni jamás existió

-Ahora cobra vida a través de tus versos, más visible que tu inspiración. La muñeca vive ahora conmigo llena de nostalgia y cicatrices de amor…

El escritor y monigote

Daniel J. Hernández R.

Jamás regresará

¿Qué dirá? ¿Dirá si realmente la quise? Pensamiento irremediable, remordimiento acosador.

Yo la quise. De verdad, en lo más profundo la amé. Jamás me atreví a decirlo, ni siquiera al viento lo susurré. Cobarde soy.

Hoy me siento con la desesperanza, he platicado con ella. Amiga desesperanza me ha confesado que ella jamás regresará. No amiga desesperanza, no digas eso.

No ha quedado nada entre nosotros, vestigios de un amor pasajero. Pasajero que ha abordado el tren sin destino, el tren que jamás regresará.

Hechizo de eterno vaivén. Triste la herida de mi corazón.

Se ha ido, partió. No dejó rastro, solo cicatrices en este escritor.

Se ha ido y jamás regresará.


-Musa nostálgica, me has hecho recordar, prometí que jamás escribiría sobre ella

-Viejos amoríos, recuerdos, reflejos, susurros, quizá una hermosa canción

-No musa caprichosa, he dicho que no quiero recordar, no quiero escuchar tu vieja melodía

-No puedes errante escritor, tus pensamientos siempre presentes están. La melodía jamás dejará de sonar, hermosos sonidos, eterna canción...


El escritor y amigo de la desesperanza.

Daniel J. Hernández R.

No dijo adiós

¡Terrible! fatal y desastroso accidente. Dolor y pena la inundaba al ver los restos del automóvil. Sobrevivientes, ninguno. Su cuerpo se estremeció, su luz se le apagó, su mundo se desmoronó cómo se desmoronan los sueños rotos.

Ella no pudo decirle adiós. No pudo tan siquiera dar una singular despedida. No entendía, su corazón destrozado y su universo paralizado. No concilió el llanto ni jamás pudo dormir. Imaginó que era una pesadilla pero luego cayó en cuenta de su horripilante e inhóspita realidad.

Vida, muerte, estrecho camino y momento inesperado. Ella destrozada pues no pudo decirle jamás adiós. Nunca hubo despedida.

Presa de sus pensamientos sigue esperando su regreso. Es cierto, jamás regresará. Cree que la esperanza no murió con él.

Todos los días prepara cena para dos.

Eterna espera, presente soledad.

-Vida te has ido, vida ¿dónde estás?

-Musa, ¿Qué dices? ¿Qué tramas? Me vuelves a robar el pensamiento, fatales versos me has hecho escribir.

-Títere mío, fatal acontecimiento. Me gusta hacerte escribir.

-Musa, no entiendo…

-No tienes que entender.

El escritor y títere.

Daniel J. Hernández R.

martes, 7 de diciembre de 2010

45.

...Y mientras Dios deshojaba margaritas con mi conciencia, el demonio se sentó a mi lado y yo sucumbí a sus encantos...


Blanca

La vidriera I


Silvia Lainez había viajado con su esposo sin mucha ilusión en ese derrotero de clientes a convencer, pero igualmente, conociendo que se cansaría, decidió acompañarlo. Llegaron al lugar de la última visita y se apoltronó en el asiento finamente tapizado del coche nuevo, imprescindible para el trabajo de su marido.
_Me demoraré un rato, Silvia, ¿No quieres bajarte y tomar un café? Preguntó él, con tono cansado.
_No, no te preocupes, yo estoy bien en el auto y si me aburro sigo leyendo el Libro que traje, contestó Silvia, tranquilizándolo.
Primero atinó a quedarse en silencio, con los ojos cerrados, pero pronto los abrió y contempló la calle casi desierta, los pocos transeúntes que quedaban y se detuvo en la vidriera de una casa de Modas, frente a la cual habían estacionado. El escaparate ostentaba una colección de maniquíes luciendo ropas magníficas, pero no llevaban pelucas como la generalidad. Silvia sintió como si las estatuas flexibles dirigieran su mirada, todas juntas, hacia ella. Se estremeció. De pronto, le pareció que los maniquíes salían de la vidriera y enfilaban hacia el auto, donde ella se ovillaba cada vez más en el asiento. La llamaban, sus rostros parecían amables pero fríos, sus cabezas sin pelos la impresionaban. Silvia sonrió y bajó del coche, como flotando. Se tocó la nuca y un remolino ensortijado de rulos azabaches la calmó. Ahora era una más. Se sentía delgada, estilizada, alta, elegante, sus piernas eran largas y esbeltas y lo mejor de todo, tenía pelo. La noche ya había llegado. Todo era oscuridad, salvo por las luces encendidas de la vidriera adonde la llevaban. De allí, bajaron por una corta escalera al salón de ventas y comenzaron a danzar. Silvia los acompañó hasta marearse y caer al piso. Quiso levantarse pero no pudo. Sus compañeros de baile se abalanzaron sobre ella y observándola fríamente, danzaron a su alrededor. Algunos, la pisaron, pero eran tan livianos que Silvia, casi no sentía los pasos sobre su cuerpo, cuando de repente, todo se detuvo, todo quedó en silencio y tumbada en el piso helado, sin poder moverse, observó todo. Un maniquí hermoso hizo su arrogante entrada en el salón. Vestido de mujer, de a ratos y de a ratos de hombre, parecía no tener sexo. Como por arte de magia su atuendo pasaba del femenino al masculino, bajo la tenue luz que llegaba de la vidriera, iluminando al grupo quieto y a la invitada. Como respuesta vertiginosa al ademán de este armazón casi humano que parecía ser el jefe del grupo, todos los demás rodearon el cuerpo tendido de Silvia y con una saña feroz comenzaron a arrancarle uno a uno los pelos de su frondosa cabellera negra.
_ No, no, ¿Qué hacen? Gritaba la mujer convertida en maniquí con pelo. El dolor era penetrante. Silvia sintió que unos hilos de sangre le corrían por el rostro y gritó repetidas veces, gritó casi sin voz. Estaba como adherida al suelo. El dolor del arranque de los pelos la superaba. Forcejeaba en vano. Se desmayó.
De repente, los maniquíes dejaron de torturarla y comenzaron nuevamente a bailar a su alrededor. La jefa tomó los cabellos de Silvia y se marchó por donde vino.
Los súbditos alzaron por los brazos a la invitada y la enfrentaron con un espejo de buena calidad, agitándola para que despertara. La imagen devuelta fue horripilante. Silvia se vio pelada y su cabeza ensangrentada e hinchada. Exclamó su dolor y desesperación en dos palabras:
_ ¡Déjenme ir! El dolor parecía no importarle.
_ ¡Déjenme ir! Clamaba, mientras los que la sujetaban se acercaban con extrañas muecas muy cerca de su rostro. En un momento se sintió volar por el aire. La habían subido al escaparate por donde habían salido y en un abrir y cerrar de ojos, la arrojaron tras el vidrio que, con el impacto, no se rompió. Una, dos, tres veces, hasta que al fin lo lograron, ensangrentada cayó Silvia en la vereda y sobre ella un garrotillo de vidrios.
Entumecida por el frío, el dolor y las heridas borbotoneantes de sangre, en la oscuridad de la noche, le pareció escuchar la voz de su esposo: Silvia, Silvia, le llegaba un susurro distante, como de otro mundo.
A duras penas y ante los zamarreos desesperados del hombre, Silvia logró entreabrir los ojos.
_ ¡Lisandro, exclamó, Lisandro gritó! ¿Qué me han hecho?
El marido sorprendido, la miró sin saber qué responder y, la llevó junto a su pecho acariciando su cabellera enrulada.
_Querida, querida, te has dormido profundamente y no podías despertar. Seguro haz tenido una pesadilla. Ésta, es la última vez que termino de noche, aseguró el esposo, encendiendo el motor, ante el silencio de Silvia que seguía como en trance mirando hacia adelante, tocándose la cara y la cabeza.
Al sacar el auto del lugar, Lisandro comentó.
_Éste es un lugar peligroso, mira esa vidriera. No estaba rota cuando llegamos. Parece que han intentado robar y como el vidrio es templado, sólo la rajaron. . .

lunes, 6 de diciembre de 2010

"Lineal"

Parido es el niño el día de su santo.

Su tío materno, sólo él, lo duerme con facilidad.

Ya camina. En un hotel de Santiago del Estero se escabulle por los corredores.

Queda constancia fotográfica de su satisfacción montando burrito en Río Ceballos, sostenido por su papá.

Se entretiene rompiendo papeles, arrojando monedas y jugando con un cesto de mimbre y broches para la ropa. Sigue costándole conciliar el sueño.

Hace palotes un poco antes de cumplir cuatro años, guiado por una maestra jubilada. Lo operan de las amígdalas.

La mamá cuenta en una postal gigante, con motivo ciudadano, enviada a una cuñada, que su hijo extraña cuando el micro del jardín de infantes, los días feriados, no lo viene a buscar tempranito. El hijo, en cambio, disfruta mórbidamente quedándose en la cama, en especial, durante esas mañanas de calamitoso invierno.

Cursa el colegio primario salteándose primero inferior.

Sufre cuando su padre abandona el hogar y la madre llora y maldice. Lo operan de un sobrehueso en una sien.

Se alegra cuando el padre retorna. Persisten sus dificultades para descansar mientras duerme. Lee Robinson Crusoe.

Recibe como regalo de reyes su primera bicicleta. Lo sorprende y emociona. Estrábico, acude a un oftalmólogo, quien detecta astigmatismo. Usa lentes.

Estudia piano y flauta dulce. Pero, con intensidad, sólo prosigue el estudio del piano. Lee a Evaristo Carriego.

Inicia el colegio secundario. El y su primita, en secreto, se imaginan casados y papis. Las pesadillas lo hostigan.

Compone un tema musical. Colecciona estampillas. Aprueba materias con notas mínimas. Se corrige su estrabismo, operándose.

Es desflorado sin contemplaciones por una amiga de su prima, mucho más práctica. Se reitera con la misma persona la experiencia genital. Vende su colección de estampillas. Lee el tomo uno de En busca del tiempo perdido.

Fallece la madre. Anda por las calles durante la noche en que es velada. Amengua su interés por el piano. No atina a ocuparse de los trámites de internación de su padre en un sanatorio.

Se aleja por completo de la música. Culmina con zozobra el colegio secundario. Intenta en vano concentrarse en la lectura del Quijote.

Zafa del servicio militar. Trabaja en una empresa inmobiliaria. Mantiene contactos aislados con algunas chicas.

Después de pasar un domingo de sol en el country donde su patrón había inaugurado una formidable casa de tejas azules, y percatarse de que cada miembro adulto de la familia del patrón dispone de su propio automóvil, queda perturbado. Segundo intento con el Quijote.

Escribe, a un amigo radicado en Austria, frases que llaman su atención en la relectura de la carta. “Redacción elegante en ese breve tramo”, califica en la posdata. Este es el tramo: “Oh, por cierto, dormirme no es muy sencillo para mí. Antes debo leer. Cansarme leyendo. Casi siempre. Ha ocurrido que me he quedado leyendo por horas, antes de deponer mi condición vigilante”.

Trabaja en el Banco de Galicia: con sus respuestas al interrogatorio al que es sometido en el examen ideológico previo a su ingreso, logra que no se sospechen sus simpatías por el socialismo. Fallece su padre. Conoce a Beatriz. Se enamora. Pero no es debidamente correspondido. Concluye con la lectura del último tomo de la novela de Proust.

Es operado por un cirujano odontólogo de abscesos en ambos lados de la base de la nariz. Se desmoraliza cuando se convence de su carencia de talento para ganar “dinero grande”. Fallece el tío materno que lo dormía con facilidad.

Consigue un segundo empleo atendiendo un kiosco. Se angustia asistiendo a la proyección de un film en el que una camarilla de oligarcas escarnece a un hombre humilde. Recuerda a otro infeliz con el que también se había identificado: en una festichola de copetudos, Luis Sandrini era dejado en calzoncillos.

Traspone los límites de Argentina: visita Asunción. Cuando supera, con inconvenientes, las quinientas páginas del Quijote en su tercer intento, y en franca rentrée con aquella Beatriz que parece ahora atraída por él, fallece, mientras es operado de peritonitis.

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"Semblanza"

Soy lo que soy desde que se murió mi mamá. Me sentía libre al principio, liberado. Me lo merecía. Mientras ella vivía fui un pelagatos. En la gran ciudad. No voy a revelar cuál era mi ocupación. En todo caso, digna. Mientras ella vivió, “el hijo de la sucia” me endilgaban. El eslogan dolía. Y dolía también el otro eslogan: “El hijo del vecino”. En referencia al quiosquero, el solterón de la casa de al lado. Y algo hubo, algo pasó.

En efecto, mi mamá no era propensa a la higiene. No era, tampoco, una mujer dada, que se pudiera decir, comunicativa. Estrictamente, gruñía en ocasiones. Yo le preguntaba: “¿Vino Isabel a buscarme?”: gruñido. “Mamá, ¿me hacés el nudo de la corbata?”: gruñía y me hacía el nudo de la corbata con una pericia deslumbrante. Le comentaba: "Me aumentaron el sueldo”: gruñido. Y le proporcionaba una generosa porción de mis ingresos. Trabajaba yo doble turno y ganaba por ese turno doble el ochenta por ciento de lo que se me abonaba por el turno simple. Y aún me quedaba un ratito para darle algunos besos a mi novia de la infancia, la adorable, la resignada Isabel. Escasas emociones en los primeros treinta años de mi vida.

Ahora soy un trashumante, difusamente melancólico. De Isabel me despedí, apenas después de tomada la ruda resolución de vagabundear. A mi mamá la llevo en el espíritu a donde quiera que me traslade y con quien sea que me junte. Admitan en mi semblanza que la añoro. Tengo para mí que acabaré por hastiarme.

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FLORES DEL MUNDO

De repente un comienzo brusco con una canción suave. Baja el pivote del despertador y se levanta. Sobre la mesilla descansan el reloj de pulsera y la billetera. En el suelo, el maletín con olor de cuero viejo. La ducha, el afeitado y en la memoria, el revuelo de falda bailando jarabe de su último viaje. Pone una pella de crema en las manos y la extiende sobre la cara. Va a la cocina. En el frigorífico, una pera falsa y un cuadrado con azul de cielo y avión, sujetan una nota que le recuerda que aún no ha recogido el traje de la tintorería. Lo hará a la vuelta. Dos sorbos de café y vuelta a la habitación. En el galán de noche, la camisa blanca, la corbata, los pantalones, la chaqueta y la gorra azules. Se viste frente al espejo. Un leve estremecimiento anuncia una mañana de hielo. El maletín en una mano, la puerta cerrada con dos vueltas de llave, el taxi, el aeropuerto y el avión a Nueva Delhi.

Poco antes de que el sueño huya, ella entra, hace un giro y de sus tobillos brotan gotas de metal. El reloj golpea el tiempo con ritmo severo. Saca una mano de la sábana, coge la radio y se coloca los auriculares. Las palabras se engarzan y forman un collar que resbala desde el embozo y se despeña en el suelo con sonido desgastado. Dormita. Vuelven las piruetas naranjas, las bolitas de hueso con sus cuatro hendiduras y las pulseras cuajadas de cascabeles. Y luego las piernas rectas y sus cinco y cinco dedos morenos mareados de tintineos rápidos mientras sus labios le cuentan un cuento que no entiende. Ella levanta una ceja, lo mira con la hondura de sus ojos acotados de negro, se aleja dentro de sus sueños y queda una página blanca donde se escriben las notas del sitar. El abejorro del despertador pica y rasga el silencio. Se levanta, va al servicio y sube la tapa del water. Mientras sacude las últimas gotas en la porcelana, se mira en el espejo. El ribete rojo, las lunas moradas, los ojos apagados, la piel y dos brochazos de ceniza en las sienes. Se acerca la jubilación y siente que ha llegado la hora de un solo lugar y una sola mujer. O dos, se anima mientras se recupera de los estragos de la noche tomando un café en el bar del aeropuerto. Y sueña con unas caderas que abanican el aire a ritmo de samba. Su próximo viaje.

Sonrisas


Echo de menos sonrisas. Sonrisas en el autobús. Sonrisas en la verdulería, sonrisas en la oficina, sonrisas de la cajera del supermercado. La gente ha perdido la sonrisa. Yo encontré la mía olvidada en el bolsillo de un abrigo viejo. La limpié bien de pelusillas y ahora la llevo puesta todos los días. Es mi uniforme para enfrentarme a los días grises, a los días demasiado soleados, a los días en que nadie, ni siquiera la vida, me sonríe. A veces me dan ganas de pellizcar las comisuras de la boca de la gente y tirar de ellas hacia arriba, para hacerles sonreír. Con unas manos invisibles, claro. Sería una travesura de bruja, y solo pensar en ello, me hace sonreír de nuevo. La gente me mira y se pregunta: ¿y esa loca, de qué se ríe? Y yo les pregunto a ellos: ¿y por qué no os reís conmigo?

El lector.


(Sé que esto no es un microrelato (sé contar...). La cosa es que a este cuento le tengo un cariño especial. En él se me juntaron dos pasiones: el masaje y escribir cuentos. Es por ello que quise compartirlo con ustedes. Mis disculpas... prometo no volver a hacerlo...)












     Entró en la sala dispuesto a dar el último masaje de la jornada. Como siempre, el incienso, las velas, la luz tenue y la música, incitaban a la calma, al sosiego y la interiorización.

     La mujer le esperaba ya tendida en la camilla, cubierta con una toalla. La observó un instante, recordando: Sara, masaje relajante. Se aproximó despacio y, suavemente, posó las manos sobre su espalda. Sintió cómo ella se removía perezosamente, sólo un poco, acomodándose, y cómo suspiraba profundo, aflojando el cuerpo. Cerró los ojos y esperó a que las respiraciones de ambos se acompasaran.

     Al retirar la toalla algo llamó su atención. La piel de la mujer aparecía surcada de finas líneas, en todas direcciones, a lo largo de la espalda, las piernas… de todo el cuerpo. Se acercó un poco más, con precaución, para dilucidar la naturaleza de aquellas filigranas. Eran letras, frases… que iban formando un texto, una suerte de relato. Sin interrumpir el contacto de sus manos con la piel, buscó curioso el comienzo de la historia. A la altura de los omóplatos halló el título:

“Mi vida y otros secretos”.

     Sus ojos y sus manos se hicieron entonces prójimos. Mientras unos leían devorando el texto, las otras amasaban, suave pero firmemente, aquella piel hecha para ser tocada. Se dejó atrapar por un relato que avanzaba hacia la adolescencia apuntando ya algo difuso,… un misterio, algo inefable, a la vez que sus manos bajaban hacia las caderas.

     En las nalgas, un paréntesis. Un párrafo indescifrable que hizo el suspense más intenso y el contacto más profundo.

     A lo largo de las piernas, de arriba abajo y viceversa, sinuosamente, la historia dibujaba una madurez prematura, plena de sucesos, fracasos y éxitos, una vida aventurera, valiente y plena que giraba siempre en torno a una maldición sin desvelar.

     En los talones encontró un salto de página… hasta el cuello, y allí, en la nuca, una nota del autor:

“Por favor, sigue leyendo”.

     Con el aliento en vilo y la voz en un susurro invitó a la mujer a darse la vuelta.

     Al verle la cara sintió un sobresalto. Aquel rostro desconocido le resultaba dolorosamente familiar. Podía reconocer en él a todas las mujeres a las que había amado. De alguna manera estaban ahí, no como un parecido leve sino como una aparición. Los ojos de ella estaban abiertos, inmóviles, fijos en las sombras del techo. Ansioso por seguir leyendo, inquieto, los tapó suavemente con un pañuelo de seda. Sus miradas se encontraron… sólo un instante pleno de confidencias, de complicidades.

     Retomó el relato en los empeines y, de nuevo, subiendo y bajando por las piernas se sumergió en él dejándose llevar por aquella crónica tan ajena como irremediablemente prójima. Sintió espuma en los huesos y la necesidad visceral de desvelar el misterio.

     En las plantas de los pies se deleitó con el tacto, con el intercambio de historias y sensaciones nítidas, calientes. En los dedos, una llamada en forma de asterisco le condujo hasta las clavículas.

     Allí la historia se precipitaba hacia el final haciendo la tensión insoportable mientras sus manos subían y bajaban por los senos. Comenzaron a formarse en su mente imágenes de sucesos que no había vivido, recuerdos de lugares que nunca conoció y cuando se aproximaba a la espiral que las líneas formaban en torno al ombligo, sintió vértigo, miedos forasteros que nunca antes había enfrentado.

     En el vientre, a punto de desvelarse por fin el misterio,… una advertencia:

“Aquel que conoce mi secreto no puede seguir viviendo”.

     Inmóvil, contuvo el aliento sintiendo un latir en sus sienes. Ella separó súbitamente los labios y exhaló despacio emitiendo un tenue suspiro.

Dudó aún un instante… sólo un instante eterno.

Nunca, nadie, volvió a saber de él.

Kum*... 

 

Algún día

Si algún día te acercaras,
si algún día te atrevieras a mirarme,
si algún día me hablaras,
si algún día me escucharas,
si algún día te permitieras conocerme,
si algún día me dieras tu mano...

... comprobarías que no somos tan diferentes.
Si algún día me acercara,
si algún día me atreviera a mirarte,
si algún día te hablara,
si algún día te escuchara,
si algún día me permitiera conocerte,
si algún día te diera mi mano...

... comprobaría que no somos tan diferentes.

Si algún día nos acercaramos,
si algún día nos atrevieramos a mirarnos,
si algún día nos hablaramos,
si algún día nos escucharamos,
si algún día permitiéramos conocernos,
si algún día nos diéramos la mano...

... comprobaríamos que no somos tan diferentes.
 
Su

domingo, 5 de diciembre de 2010

Perspectiva

"Es el destino", pensaron cuando dijeron sí quiero mirándose a los ojos. Ahora, mientras discuten las condiciones del divorcio, sólo tienen una idea en mente: maldita casualidad.

Belén Lorenzo

sábado, 4 de diciembre de 2010

RECETA PARA UNA LOCURA

"Receta para una locura, al menos así lo decía ella: envolvemos en un conjunto negro y rojo de sujetador, medias, liguero, braga y tacones de aguja... un cuerpo nacarado, taimado con polvos para aromatizar y embellecer puntos tales como el pecho o las mejillas.
Sobre una capa de rosácea superficie mejillar, colocamos puntos de estrategia cual lunares, todo rematado en unos labios coloreados de un tono carmesí, semejantes a manzanas maduras. Atusamos el pelo tan rojo, como los mismos rayos del sol, con rizos y voladuras, para dar poder a la cascada de cabello y delimitamos unas enormes pestañas, con un negro oscuro, como el charol de los tacones.
Maceramos todo durante unos minutos y comprobamos los efectos en un boquiabierto y estúpido detective."


El aprendiz de Prestidigitador

Señores pasajeros (y también ustedes, queridas pasajeras). Al habla el capitán. No se preocupen. La tormenta pasará en breve. Pueden desmadejar las nubes de algodón (como verán, las hay a cientos) y tejerse unas hermosas almohadas bajo las cuales guarecerse mientras tanto. Aquellos de ustedes que siguen despiertos, por favor, dejen de protestar. Es cierto, hemos perdido el rumbo. Enseguida pasará la azafata a repartir la cena. O la merienda. O el desayuno, si prefieren. No, no hemos perdido el tiempo. Seguimos adelante, aunque parezca que llevamos una eternidad volando en círculos. A estas alturas, déjenme recordárselo, no podemos cambiarles el billete. Un tíquet, un viaje, ya lo saben. Y ni hablar de bajarse en marcha. Planearemos un aterrizaje a su medida.  Nos quedan bebidas para un rato, y no vayan a engañarse, tenemos bocadillos para varias semanas. ¿Ven todas esas lucecitas? Sí, en algún lugar de ustedes hay un mapa. Como podrán ver, no importa el rumbo, los vientos cambian los lugares de sitio y sí, han visto bien, todo a su alrededor es agua. En el fondo, queridos pasajeros, mis dulces pasajeras, somos pequeñas islas, sueños en el aire, ondas sonoras, notas, ¿las notan? Señores, señoras. Al habla el capitán de este sueño. En sus manos está que este sea un plácido vuelo. ¿Me han oído?: están volando. ¿Ya han olvidado lo hermoso que eso es? Si agitan las manos en el aire y acarician el viento, esta será, queridos míos, la más hermosa y dulce de las sinfonías. ¿Cómo les va a importar una tormentilla o un pequeño retraso? La verdadera felicidad, mis niños, niñas mías, siempre está en el camino ^_^

Nueva cabecera en El Microrrelatista

Daniel Galantz es un fantástico humorista gráfico que los que siguen este blog ya conocerán. Para los que no lo conozcan recomiendo que visitéis su blog GALANTZ.

Pues bien, cual fue mi sorpresa cuando hace unos días abrí mi correo y vi un mensaje suyo en el que me enviaba un bonito diseño para El Microrrelatista. Me gustó mucho y es el que podéis ver en la cabecera de esta página.

¡Gracias Daniel!


Metamorfosisland

Al posar esos enormes pies en el suelo Miguel Ratón notó que se había convertido en un dibujo, y además animado. Aunque nadie pareció darse cuenta. Lo único raro eran esas risas que le hacían sombra. No tenía muy claro aún si por sus enormes orejas o por su raro acento.
Los niños pueden llegar a ser muy crueles, solamente es cuestión de tiempo.


bicefalepena

viernes, 3 de diciembre de 2010

Molino de tiempo

Pasan los días
y los recuerdos se van haciendo pedacitos de olvido...




Hector Ugalde UCH

jueves, 2 de diciembre de 2010

UNA MIRADA INDISCRETA

Agazapado tras la cortina, observaba todos sus movimientos. Anotaba en un diario cada nuevo dato descubierto sobre aquella diosa inalcanzable que vivía justo al otro lado de la calle. Soñaba con su cuerpo esbelto y sinuoso, mientras se azoraba por ella, por vivir en esa cándida ignorancia.
El domingo, como otro día cualquiera, Tomás se despertó dispuesto a seguirla en el devenir de su rutina. Esperó largo rato, mirando a través de la ventana. Las horas pasaban sin que diera señales de vida. Transcurrieron los días esperando impacientemente su vuelta. Una tarde, igual que otras muchas compartidas en la distancia, ella apareció de la nada. Se quedó allí, de pie, hermosa como era, mirándolo, con un ramo de flores en la mano y lágrimas de dolor en los ojos. La vio agacharse con ese cuerpo que tantos deseos le había despertado, depositando el ramo junto a una placa con la inscripción: Tomás Ortiz Muñoz 1980-2010, mientras sus sensuales labios decían “Tomás, yo también te miraba”

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La vida es mágica

Aunque siempre deseó ser bruja no resultó tan sencillo como esperaba. Quiso volar con una escoba pero se estampó en el suelo. Le echó mal de ojo a la nueva pareja de su “ex” y desde entonces padece de estrabismo. Intentó interpretar los posos del café pero las tazas le quedaban impolutas. Puso todo su empeño en leer las cartas pero no entendía en qué idioma le hablaban.

Cuando vio que no valía para ello decidió rehacer su vida, era el momento de tener descendencia. A los nueve meses tuvo mellizos, desde entonces vuelve a creer en la magia.

Miguel

Transformando el amor

Aquella noche comenzó su transformación. Hecho un flan se rasuraba el cuerpo mientras pensaba que debía haber formas mejores de depilarse sin montar esa escabechina. Eliminó hasta el último vello, se embadurnó de crema y se puso la ropa, primero la interior, después falda, camisa… Se maquilló como pudo, se colocó el pelucón y se miró en el espejo. Iba hecho un adefesio pero debía continuar. No lo hacía por sentirse preso en un cuerpo equivocado, ni por disfrutar de una doble identidad. Desde que supo que ella salía con una mujer estaba dispuesto a todo para no perderla.

Miguel

Decálogo para escribir microcuentos (Robado de la Escuela de escritores)


1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.

2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.

4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.

5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.


Envía tus microrrelatos de no más de 200 palabras a elmicrorrelatista@gmail.com. Se irán publicando los mejores.