Daniel Galantz es un fantástico humorista gráfico que los que siguen este blog ya conocerán. Para los que no lo conozcan recomiendo que visitéis su blog GALANTZ.

Pues bien, cual fue mi sorpresa cuando hace unos días abrí mi correo y vi un mensaje suyo en el que me enviaba un bonito diseño para El Microrrelatista. Me gustó mucho y es el que podéis ver en la cabecera de esta página.

¡Gracias Daniel!
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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Difuntos. Lola Sanabria


Difuntos

Saqué el vestido, las medias y la rebeca, todo negro, y lo dejé preparado sobre la silla. Les di betún y restregué bien los zapatos; quedaron como espejos de carbón. Bien ordenados debajo del asiento. Hasta un lazo de seda color azabache, compré. Todos los años veía pasar desde mi ventana a las vecinas, con los ramos y las coronas calle abajo, hacia el cementerio, y yo sin ningún muerto a quien llorar. Fui a la cocina, me agaché, cogí los polvos debajo del fregadero y eché una cucharada en la sopa de mi querido esposo.






miércoles, 2 de noviembre de 2016

Libro de Lola Sanabria. Partículas en suspensión.


Partículas en suspensión (Microrrelatos)
A un escritor de microrrelatos, cuando va por la calle, cuando fríe un huevo, cuando está en la ducha o en el trabajo, el embrión de un relato le crece en su interior y se desarrolla hasta tomar forma y vida propia. Entonces pugna por salir del encierro. Y al escribirlo, ya sea en papel o en cualquier otro medio, lo libera y cada lector lo hace suyo a su manera.
Partículas en suspensión es un libro de pequeñas historias como esas partículas que flotan en el aire y que con la luz del sol puedes ver aunque no atrapar, que remueven y provocan emociones. Historias que raspan la piel y escuecen, pero que también, como ocurre en la que da nombre al libro, llevan un mensaje de rebeldía y esperanza. La mayoría nace del día a día, de lo que pasa a nuestro alrededor, de las alegrías, desencantos, luchas, tristezas y dramas que conlleva nuestra condición de seres sociables.
Los microrrelatos de Partículas en suspensión hay que beberlos a sorbos cortos, paladearlos poco a poco, evitando la saturación para no acabar con una borrachera de letras. Disfrútenlo o súfranlo. Seguro que no les dejará indiferentes.
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lunes, 19 de septiembre de 2016

A la hora señalada. Lola Sanabria


A la hora señalada

Hace rato que cantó el gallo y no consigo despertarme. Lo oigo subir por la calle. Cada vez más cerca, el cortejo fúnebre.



Autora: Lola Sanabria.

Blog: Lola Sanabria. En pequeñas dosis
Pintura: "Amanecer en el campo" de Claudia Kunze

domingo, 23 de octubre de 2011

RITUAL

En el dintel de la puerta de la cocina, mi padre midió durante años mi crecimiento, haciendo muescas en la madera con la punta de su navaja. La última señal, suavizada por muchas manos de pintura, marca un metro y cincuenta y seis centímetros y coincide, más o menos, con mis trece años y las palabras de mi madre mientras me entregaba mi primer paño higiénico: “Hija, ya eres mujer”.

lunes, 19 de septiembre de 2011

CON UN PAR


Durante la cena, mi hijo le preguntó a su padre por qué la mamá de su amigo Borja trabajaba y yo no. Él dejó un momento de atender al partido de fútbol que daban por televisión y le contestó que en aquella casa era suficiente con que uno trabajara.

Esta mañana, antes de salir, le he dejado una nota a mi marido, sujeta con dos imanes a la puerta del frigorífico.

“Como veo que tú sólo te bastas, durante unos días, no hago las camas, no paso la aspiradora, no limpio el polvo, no friego los suelos, no pongo la lavadora ni el lavavajillas, no tiendo la ropa, no plancho, no hago la compra, tampoco la comida, no enseño Lengua ni Matemáticas, no curo heridas, no llevo ni voy a por el niño al colegio. ME VOY DE VACACIONES.

P.D. Encima del aparador, te he dejado el número de teléfono de la asistenta de la mamá de Borja por si te ves un poco agobiado. Ella estará encantada de hacerlo todo. Cobrando, claro”.
Marisa.

lunes, 6 de junio de 2011

ETERNIDAD

El profesor de Religión nos contó un día la leyenda del monje que tenía dudas sobre los goces de la vida eterna y yendo por el campo se quedó absorto escuchando el canto de un ruiseñor y cuando volvió al monasterio, creyendo que había pasado un instante, habían transcurrido trescientos años. A mis compañeros les gustó la historia, en cambio a mí me produjo mucho desasosiego ese desperdicio de tiempo y le cogí algo de miedo a que me entrara sueño. Creo que ahí comencé con el insomnio.

lunes, 25 de abril de 2011

PRIMAVERA

En el cristal de la ventana, amargan los primeros brotes del almendro. La barra del armario se curva bajo el peso con sabor a hielo de los grises, y el tacto ligero de los azules y verdes que empujan al invierno. Arriba, en un ángulo del techo, la araña enhebra y tira hilo hacia el dintel de la puerta. Escucho mi desgana. El despertador ha dejado de temblar hace rato. Hora de levantarse cambiar la ropa y bajar la araña, me digo. Doy media vuelta y cierro los ojos. Un ratito más.

martes, 12 de abril de 2011

CADENA ( me disculpáis porque ayer fue mi cumple, ¿vale?)


Decían de mi madre, que parecía la hermana de sus hijas. Su piel era fina, muy seca y bonita y nunca tuvo acné. Con los años, la piel se le arrugó en muchos pliegues muy finos que le daban aspecto de manzana olvidada en un frutero durante muchos días. Mi hermana tiene la misma piel que mi madre y yo la misma que mi hermana. Tampoco tuvimos acné. Sé lo que me espera.

martes, 29 de marzo de 2011

EL INQUILINO

(Perdón se me pasó el día)

El abuelo vivía en un pueblecito de Santander. Cuando se vino a vivir con nosotros, se trajo su caracola. Decía que así podría escuchar el mar. A mi hijo pequeño le entusiasmó la idea. Estaban todo el día pasándose la caracola de oreja a oreja. Los dos aseguraban que eran capaces de distinguir una ola gigante del rizo de espuma entrando en la playa.

Yo estaba muy contenta por lo bien que se llevaban. Un día, el abuelo comenzó a quejarse de que no podía dormir por el ruido que hacía al masticar el inquilino del armario. Le aseguré que allí no vivía nadie, pero mi hijo le dio la razón y dijo que él también lo había oído. Le conté a mi marido lo que ocurría y él intentó convencerlo de que se trataba de una pesadilla, pero el abuelo siguió quejándose.

Abrí el armario unas cuantas veces para que se convenciera de su error. Él continuó con sus quejas. Una mañana, desesperada, volví a abrir el armario y moví la ropa para que viera el fondo pues se empeñó en que se ocultaba allí. Una nube de polillas abandonó el traje de Comunión de la niña. Lo saqué para comprobar, desolada, que los encajes y las cintas de princesa se habían convertido en unos pingajos llenos de agujeros.

lunes, 28 de febrero de 2011

REENCARNACIÓN

Cuando yo era niño, mi padre era Dios. Durante la adolescencia, un demonio. En la madurez, una persona con defectos y manías que no quería heredar. Hace años que murió y noto cómo él crece dentro de mí por ese dedo meñique que se me atrofió, por la incipiente calvicie y porque me sorprendo echando migas de pan en el café del desayuno. Siento que pronto tendrá el control absoluto.

lunes, 31 de enero de 2011

COMUNICACIÓN

“¿Quieres que te cuente el cuento de pan y pimiento y de rábano asado?”, me preguntaba mi abuelo. “Sí”, le contestaba yo. “No te digo ni que sí ni que no. Lo que te digo es que si quieres que te cuente el cuento de pan y pimiento y de rábano asado”, insistía. Entonces contestaba no y él repetía lo mismo hasta que me cansaba y me iba. Aquello no tenía ningún sentido para mí pero siempre le seguía el juego un rato. Mi abuelo vivía solo, con mis padres, mi hermano y yo y era el único cuento que sabía.

lunes, 17 de enero de 2011

COMPAÑERO VÍCTOR

En Primaria, tuve un compañero al que nadie quería. Era un niño triste que evitaba el contacto con los demás y pasaba los recreos en un rincón del patio de la escuela. Faltaba mucho a clase porque sufría continuos accidentes y cuando volvía, la maestra repetía para él las lecciones que habíamos dado. Un día, al explicarle el nombre abstracto, le puso como ejemplo el amor de los padres hacia los hijos; luego le preguntó si había comprendido lo que era un nombre abstracto. Él, sin levantar la cabeza, la movió de arriba abajo y contestó: “Una mentira”.

miércoles, 5 de enero de 2011

DISCULPAS

Me temo, Torcuato, que yo me he pasado en mis entradas cuatro pueblos atendiendo a lo que tú defines como microrrelatos. Perdona. Si quieres los puedo borrar y comenzar de cero.

lunes, 3 de enero de 2011

LA TÍA CANDI

Los domingos comemos en casa de la abuela Paca. Me gustan mucho sus macarrones y aunque pongo cuidado, siempre me mancho con el tomate. Tengo tres vestidos para ocasiones especiales. El azul con cintas de colores. El verde lleno de margaritas. Y el lila con tirantes, que es el que más me gusta. Me lo regaló la tía Candi y me lo puse muchas veces, pero desde que ella se fue, mi madre no me deja sacarlo del armario. La tía Candi era muy divertida y se reía mucho. Hasta el día en que todos estuvieron muy serios en la mesa y ella lloraba. No he vuelto a verla y nadie quiere decirme dónde está. A veces, mientras ponen sobre la mesa del comedor los platos con aceitunas, patatas fritas, berberechos y mejillones en escabeche, entro en la habitación de mi tía y voy a su tocador y me paso por la cara la borla de una polvera que se dejó. Luego abro el armario, saco el vestido rojo y me lo pongo encima del mío. También meto mis pies en los zapatos de tacón, aunque me vienen grandes. Después me coloco delante del espejo y juego a ser ella. Saco la punta de la lengua, mojo mis labios y digo: ¡qué bueno está el helado! y veo a mi padre mirarme con los ojos como candelas, igual que dice mamá que se me ponen a mí cuando tengo fiebre. Luego lo dejo todo en su lugar y vuelvo al comedor y escucho, mientras comemos, hablar a todos de cosas tontas; se animan y se ponen coloradotes. El otro domingo quise que me vieran y salí de tía Candi y mi abuela se echó a llorar y mi madre también y sólo mi padre me miró con su mirada de fiebre y no lloró. Hoy no he podido entrar en la habitación de mi tía porque la puerta estaba cerrada con llave. Ha sido la comida más triste de mi vida. Y no me han gustado los macarrones.

lunes, 20 de diciembre de 2010

LUZBEL

Los jueves, de cinco a siete, confesión. El codo sobre la rodilla, la palma de la mano izquierda aguantando la cabeza, el aguijón de ansiedad clavado en el pecho y la saliva abrasando. La espera. Escucha los pasitos cortos, el taconeo desigual sobre las baldosas. Descorre la cortina de terciopelo y recibe el aliento a hierbabuena enredado en el jazmín del pelo. Vértigo, temblor de pies y golpecitos en la tarima. Nidos de susurros envenenados que sacan al animal de su letargo. Luego la rutina del perdón y un lamento. El crujido de la madera al levantarse y cinco pasitos cortos.

El padre Miguel abandona el confesionario. Arrodillada sobre la almohadilla del reclinatorio, levanta la cabeza, la cruz respirando sobre el abismo del escote, y le ofrece su carita de ángel. Los cirios ardiendo y la cera derretida. Se tambalea, busca el equilibrio y apoya una mano en la pared. Desvía la mirada, se separa y camina a trompicones hasta la sacristía.

Los domingos, comunión. El padre Miguel sostiene la hostia entre sus dedos y ella le ofrece su lengua de sangre. Dientes grandes, el colmillo montado y una sonrisa manchada de burla en los ojos. La pulpa arrebatándole el círculo blanco y los dedos de él en retirada, recogiendo el jugo de la boca. Después la muralla de los labios, media vuelta y la nuca que se aleja. Calor y el animal desbocado. Alba, casulla y cíngulo quemando.

Viernes de Dolores y un papel enrollado. Lee la dirección, memoriza, lo rompe en trozos pequeños, se los mete en la boca y los mastica. Abandona el alzacuellos en un banco, luego avanza por el pasillo lateral de la iglesia. Pasa, engancha y arrastra con la hebilla del reloj el manto de noche y oro de la virgen que intenta, en vano, detener su carrera hacia el rectángulo de luz que le muestra la salida.

lunes, 6 de diciembre de 2010

FLORES DEL MUNDO

De repente un comienzo brusco con una canción suave. Baja el pivote del despertador y se levanta. Sobre la mesilla descansan el reloj de pulsera y la billetera. En el suelo, el maletín con olor de cuero viejo. La ducha, el afeitado y en la memoria, el revuelo de falda bailando jarabe de su último viaje. Pone una pella de crema en las manos y la extiende sobre la cara. Va a la cocina. En el frigorífico, una pera falsa y un cuadrado con azul de cielo y avión, sujetan una nota que le recuerda que aún no ha recogido el traje de la tintorería. Lo hará a la vuelta. Dos sorbos de café y vuelta a la habitación. En el galán de noche, la camisa blanca, la corbata, los pantalones, la chaqueta y la gorra azules. Se viste frente al espejo. Un leve estremecimiento anuncia una mañana de hielo. El maletín en una mano, la puerta cerrada con dos vueltas de llave, el taxi, el aeropuerto y el avión a Nueva Delhi.

Poco antes de que el sueño huya, ella entra, hace un giro y de sus tobillos brotan gotas de metal. El reloj golpea el tiempo con ritmo severo. Saca una mano de la sábana, coge la radio y se coloca los auriculares. Las palabras se engarzan y forman un collar que resbala desde el embozo y se despeña en el suelo con sonido desgastado. Dormita. Vuelven las piruetas naranjas, las bolitas de hueso con sus cuatro hendiduras y las pulseras cuajadas de cascabeles. Y luego las piernas rectas y sus cinco y cinco dedos morenos mareados de tintineos rápidos mientras sus labios le cuentan un cuento que no entiende. Ella levanta una ceja, lo mira con la hondura de sus ojos acotados de negro, se aleja dentro de sus sueños y queda una página blanca donde se escriben las notas del sitar. El abejorro del despertador pica y rasga el silencio. Se levanta, va al servicio y sube la tapa del water. Mientras sacude las últimas gotas en la porcelana, se mira en el espejo. El ribete rojo, las lunas moradas, los ojos apagados, la piel y dos brochazos de ceniza en las sienes. Se acerca la jubilación y siente que ha llegado la hora de un solo lugar y una sola mujer. O dos, se anima mientras se recupera de los estragos de la noche tomando un café en el bar del aeropuerto. Y sueña con unas caderas que abanican el aire a ritmo de samba. Su próximo viaje.

domingo, 21 de noviembre de 2010

SECRETOS DE ALMOHADA

El régimen que me había puesto el nutricionista me estaba alterando el sueño. Aquella noche, no podía dormir. Me levanté, fui al salón y miré por la ventana. Unos adolescentes bebían cerveza y comían patatas fritas. No me rebelé cuando mis pies me llevaron hasta a la cocina. Abrí el frigorífico, partí dos cuadraditos de chocolate y me los comí. Después regresé a la cama. Mi marido se había dado la vuelta y ocupaba mi sitio. Puse mi cabeza sobre su lado de la almohada y me dormí enseguida. Soñé que abrazaba a una compañera de trabajo y nos sorprendía el jefe cuando follábamos sobre la mesa de la sala de reuniones. Se quedó mirándonos hasta que terminamos y luego se puso encima de ella y comenzó a moverse arriba y abajo. Entonces era yo quien miraba. Desperté empapada de un deseo que no era el mío. Él seguía durmiendo en mi lado de la cama. Parecía feliz. Levanté las sábanas para observar el ángulo abultado de su entrepierna. Me acordé del carnicero, visitándome en sueños, con el cuchillo alzado sobre el trozo de carne, preguntándome cómo quería los filetes, mientras me seducía con su sonrisa que enseñaba el colmillo montado sobre el incisivo. Zarandeé a mi marido y lo saqué de mi sueño. Nos levantamos de malhumor. Desayunamos en silencio, mirándonos con recelo, mientras untábamos las tostadas con mantequilla y mermelada. Cuando abrió la puerta para irse a trabajar, rocé su mejilla con un beso y le di recuerdos para el marido de su compañera y para la mujer de su jefe. Él me devolvió el beso y fue a salir, pero se volvió en la puerta para decirme que los filetes del día anterior habían salido duros y que tal vez debería cambiar de carnicero. Luego se marchó y yo me quedé sola. Abrí el frigorífico, saqué el resto de la tableta de chocolate y me lo comí. Había decidido dejar el régimen. No merecía la pena arriesgar mi matrimonio para poder lucir ese biquini que vi en la tienda y que tanto me gustaba.

Lola Sanabria

http://lolasanabria.blogspot.com/

Decálogo para escribir microcuentos (Robado de la Escuela de escritores)


1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.

2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.

4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.

5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.


Envía tus microrrelatos de no más de 200 palabras a elmicrorrelatista@gmail.com. Se irán publicando los mejores.