Le encantaba decir historias adornadas de ingenuidad infantil, hasta que lo atraparon...
Sus mentiras hinchaban su nariz de proyectil.
Poco le importaba tal desdicha, su padre que era carpintero lo había creado con mucha pericia.
El domingo pasado, el cura Anselmo le dijo que sus pecados lo condenarán a quemarse en el infierno.
Desde entonces el chiquillo duerme cerca del primer peldaño de la escalera.
Siempre vigilando que los cerillos estén lejos, de su cuerpecito de madera.