lunes, 15 de noviembre de 2010
El curso de Anamari
Salzburgo, 1760...
-Leopoldo, tendrás que hacerte cargo de los niños, que me ha salido un curso de inglés. Mari que ensaye y a Amadeo le das un papel para que haga garabatos y se entretenga.
El padre se llevó a los niños al trabajo y volvieron tarareando dulces melodías. Y el pequeño con un buen piano...
bicefalepena
"Octava internación"
Muy delgadita, parece púbera, y sin embargo, es mayor de edad. La madre la visita los miércoles, le lleva galletas de sémola y desodorante, ropa y la TV Guía, y cincuenta centavos de austral para que se compre una gaseosa en el bar de la clínica. Deambula por los corredores, va al parque, juega en la única hamaca y en verano, cuando hay agua limpia en la pileta y sol, se pone la malla y se sumerge. Esta es su octava internación. Conversadora, en un estilo a borbotones; simpática y con una voz que si gritara, fácilmente llegaría al chillido. Si se la mira con persistencia, simula vergüenza: agacha y gira la cabeza, revolea los ojos, masculla y cuando uno sigue de largo, se recobra, contesta, inquiere sobre algún profesional que la haya atendido en otra época (“¿Hace mucho que no la ve a la licenciada María Eugenia?”) o sobre el signo astrológico de una mucama de la tarde, o induce a evocar cómo era la institución antes de las recientes modificaciones edilicias. A veces, correteando se aproxima y descerraja: “¿Me da plata?” Se esfuma su ingenio cuando ceden las aristas deliroides y el cliché; se agazapa y desconoce pretéritas familiaridades.
Todavía no está por irse de alta. En la última salida hirió a su hermanito. Con un sacacorchos lo atacó delante del padre, quien a su vez la golpeó con los puños. Ella no menciona el episodio, desestima los moretones e insiste en interrogarme sobre asuntos fuera de lugar.
Rolando Revagliatti
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"Solo"
Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni coñac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.
Rolando Revagliatti
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"Nimbo"
Era enorme y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero nimbo de barniz selenita.
Rolando Revagliatti
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"Grupo"
Cuando empecé, mi fragilidad emocional me destrozaba. Por cualquier boludez me ponía colérico o destemplado. En mi casa no me aguantaban. Cuando mi hermana me encaró blandiendo la tarjeta de Fernando, no opuse resistencia. Mi hermana temía mi reacción. Me tomé cuatro días para darme impulso y llamé al número de Fernando y concerté una entrevista. Venía él como con mucho recorrido con adolescentes. Y con adolescentes jodidos: drogadictos, chorros... No como yo.
Rendía poco en el industrial, repetí segundo año. Nunca había agarrado a una chica del brazo, siquiera. Me mandé una...: me hice operar innecesariamente del dedo de un pie. Yo sostenía que ese dedo estaba “flojito”, “debilitado”, sin la consistencia de los otros. Así que los hijos de puta del sanatorio me rebanaron.
Al principio de tratarme, quería superar mi timidez. Y me masturbaba sin convicción. Ahora, en cambio, salgo con una mina que si bien no me recopa, me conforma, me... Procuro largarme más en la cama. Con la primera que cogí estuve rígido. Siempre. Todas las veces. Y con la actual, no soy un fenómeno. Para despabilarme, aporta Nico, el mayor del grupo; tiene cinco hijos. Es respetado por su franqueza y su tacto. Opina que lo que sea puede ser dicho. Es librero de volúmenes usados y de ocasión.
Clarisa es una chica triste. Bueno, no tan chica. Y sin embargo, sí. Y el pescado sin vender. Sin pareja, es un garrote, no hace valer sus atractivos. Es eficiente en lo suyo: computación científica. Mantiene al padre, postrado, atendido por una empleada. Está con que su madre murió por su culpa, en un accidente tremendo en la ruta interbalnearia. Ella estaba en la primaria cuando sucedió. Volvían de vacaciones.
La contrafigura es Amalia. Amalia Noemí. Es un tiro al aire, estuvo internada en un neuro-psiquiátrico de Venezuela. Convivió con varios tipos desde que se fugó de su casa. Y se las rebuscó. Con uno, yiró por la India. Con otro, incursionó en artesanías en Bruselas. Con amigas, recorrió miles de kilómetros en jeep. Cómo me gustaría que me diera bola. Aunque si me diera bola habría que declararlo, y no podríamos seguir juntos en el mismo grupo.
Que fue lo que pasó con Marta y Adolfo. En abril estaban los dos. Pero empezaron a verse por separado, ocultándolo, hasta que cuando resolvieron comunicarlo hacía ya semanas que se encamaban. Produjo revuelo en los demás; en Clarisa, indignación. En Josecito, otro compañero, un pobre de espíritu, gracia. Yo me sentía atontado. También me calentaba Marta. Y hubiera calzado conmigo más que con Adolfo. Por edad y temperamento. Adolfo le lleva quince años y Marta me lleva dos. Quedó Adolfo con nosotros. Es uno de esos “obse” parsimoniosos que no sé qué pudo haberle visto Marta. Adolfo es traductor de alemán y da clases de gramática castellana a ejecutivos de una red de bancos.
Tenemos un homosexual proletario en el grupo: Facundo. Vende cosas. Sobre todo en los trenes del Sarmiento. A Adolfo le regaló bolígrafos, a Josesito una guía de calles, a Mariana una tijera de podar, y a mí me arregló con una perchita. Es bastante ocurrente, aunque por ahí se zarpa. ¡El sí que se esfuerza por costearse la terapia!
Mariana fue la última en incorporarse al plantel. A ella la paso cuando no se pone en estrella. Y ahora que me oigo me viene un bajón, pero un bajón, como si me licuara, como si los estuviera traicionando.
Rolando Revagliatti
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domingo, 14 de noviembre de 2010
Amor en la lavandería

Ayer fui a la lavandería. Llené una lavadora con mi ropa de toda la semana. Eché el jabón en el cajoncillo, y ya iba a ponerla en marcha, cuando me percaté de que en la lavadora de al lado un tipo vestido de azulón se estaba quitando los calzoncillos rojos.
Superman cogió sus calzoncillos y los metió en su lavadora.
- ¿No va a lavar nada más? – le pregunté.
Superman se puso colorado, al fin y al cabo, estaba delante de una chica sin sus calzoncillos y susurró:
- No.
- Si quiere, puede meterlos con mi colada. No merece la pena poner una lavadora solo con eso, ¿no le parece?
Él asintió con la cabeza, su rostro estaba más rojo que sus calzoncillos.
- Tenga, póngase esto, le dije pasándole el periódico y Superman se cubrió sus partes nobles con él.
- Gracias – musitó.
Cogí sus calzoncillos y los metí en mi lavadora.
Me quedé embobada viendo cómo sus calzoncillos rojos daban vueltas en la lavadora revolcándose con mis bragas de lunares... Un revolcón y otro y otro más. Miré a Superman sentado con el periódico sobre las piernas, miré otra vez a la lavadora, con envidia, y suspiré.
La habitación sin muebles.
MALDITO DÍA, MALDITO... 2ª PARTE
Carmela
sábado, 13 de noviembre de 2010
Más bello que el silencio.
No había cumplido aún los cinco años cuando escuchó por primera vez la expresión “ha pasado un ángel” y ante el desconcierto de padres, médicos y psicólogos decidió guardar un obstinado silencio empeñado en no perderse la ocasión de ver, en el espacio de un sigilo inesperado, un ángel pasando.
Con el tiempo fue perfeccionando su mutismo y su atención. Se le iban las horas esperando una pausa en las conversaciones y atisbando el aire entornaba los ojos, conteniendo el aliento, persuadido de poder percibir en lo más sutil la brisa generada por las alas de un espíritu al pasar.
Más tarde se casó con una muda y aprendió los rudimentos del lenguaje de los signos, pero pronto lo abandonó también. “Para ser un idioma de mudos, es muy escandaloso” le dijo gesticulando a su mujer, convencido de que semejantes aspavientos espantarían a la fuerza a cualquier ser alado que anduviera cerca.
Sólo años después, el día en que nació su hija, rompió por fin su silencio añejo. Miró con una ternura mojada de lágrimas a aquel ser pequeñito, tan solitario en la inmensidad de sus brazos, y con la voz desafinada por la falta de costumbre y rota por la emoción le dijo:
-Sabía que vendrías…
Kum*...
viernes, 12 de noviembre de 2010
"Pacto"
Alguien-Que-Mereciera-Llamarse-Lulú conoció, sin procurarlo, a La-Muerte-Que-Te-Alcanza, en un crepúsculo del mil setecientos. Importa consignar que, esencialmente, a la primera le disgustó la segunda, mientras que la segunda simpatizó con la primera. Por completo de acuerdo, se arrancaron los ojos.
Rolando Revagliatti
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"Pares"
El despertador suena a las cinco y media. Es de noche. No debo pensarlo dos veces, y no lo pienso. Enciendo la luz del velador. Me incorporo (si puede decirse que ese paquete abotagado y que ofrece sólo una contundencia marmota y atravesada, lo que hace es incorporarse), me desplazo hacia el aparato de radio (debajo del lavatorio, sobre un banquito que hubiera podido construir el tío Pacho, o bien, mi padre), manoteo la perilla que me sitúa en la raspante descarga eléctrica que da paso a la voz del locutor de mis matinatas laborales, me quito el saco del piyama casi sin respetar los tres botones ensartados en sendos ojales (no exactamente los simétricos), y lo cuelgo en la perchita colorada que hará nueve días pegué con Poxipol a una altura cómoda para el Increíble Hulk. Enciendo la luz con la mano izquierda mientras con la derecha abro la canilla que indica FR A. Surge el chorro con mayores ínfulas que si abriera la CAL ENTE, y similar temperatura a esa hora del alba, puesto que la caldera del edificio todavía reposa. Echo despabilante agua sobre párpados, mejillas e inevitables adyacencias, y me complazco con los buches. Cierro la canilla, malseco la superficie salpicante con la toalla que me regalaron, en estas navidades, los únicos que me saludaran por las fiestas, y en el espejo del botiquín escruto las marcas de dobleces de funda que surcan mi frente. Cuelgo la toalla, descuelgo el saco del piyama con el que retorno hacia la cama donde una mujer duerme su intenso despatarro, sobre cama y mujer arrojo la prenda, apago la luz del velador, regreso al baño.
Radio Municipal de fondo y bajito, ya higienizado y con mucho talco berreta en el área afeitada, lavo mi ropita con el jabón de tocador y la tiendo en la estropeada cuerda de nailon que cruza la bañera. Preparo mi desayuno y lo tomo. Lavo, seco y guardo los utensilios. Me visto, y depositando besos en quien no cesa de dormir y soñar conmigo o con su marido, de viaje, yéndome apago las luces y la radio y cierro la puerta de mi departamento. Son las siete.
Mientras bajo los modestos tres pisos por el ascensor y traspongo la puerta de calle, trazo mi plan. Pocos metros por Arenales, llego a Ayacucho. Por esa, una cuadra hasta Juncal. Por Juncal otra, hasta Junín. Por Junín todas las demás, hasta avenida Las Heras, cruzando. Subir al ciento diez (a una cuadra de los paredones de la Recoleta) preferentemente no después de las siete y quince. En Kerszberg S.A.C.I. no debo firmar la planilla de asistencia después de las ocho. Ayer recorrí Arenales hasta Junín y por Junín seguí hasta la parada. El viernes por Ayacucho fui hasta Las Heras y, por esa avenida, hasta Junín. El jueves por Ayacucho llegué a Pacheco de Melo, una por esa y otra por Junín. El miércoles por Ayacucho hasta Peña; por esa, una, y dos por Junín. El otro martes fue como hoy, doblé en Juncal, pero no caminé por las veredas pares.
Rolando Revagliatti
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"En la mira"
Linda mina, lindo tipo de hombre, se sienten cómodos en sus cuerpos flacos, debajo de sus abundantes cabelleras, encima de sus principescos pies.
Señor gordo, calvo, con juanetes, desencantado y empuñando una Magnum 44. Apunta (no sin fastidio).
___Rolando Revagliatti
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Hasta luego

Cuando ella murió el mundo de él parecía desmoronarse. Aprisionado por el dolor su mente no comprendía la repentina partida. Desaliento.
Con el corazón destrozado frente al ataúd la miró, se despidió. No fue un adiós sino un hasta luego. Segundos antes de sepultarla puso bajo la mano de ella una carta.
La carta, la carta estaba vacía. En ella prometía algún día alcanzarla y así juntos escribir sobre aquel papel los versos más hermosos de la futura eternidad.
Espera, aquel hombre sólo espera el día del tan anhelado reencuentro, día en que comenzará a escribir la más bella e inimaginable de las historias.
MALDITO DÍA, MALDITO... 1ª PARTE
Caminaba por la calle deseando llegar pronto a su casa, donde una calefacción le esperaba, la tele y algo caliente que tomar.
Mientras metía la llave en la puerta, escuchó un pequeño quejido y miró hacia el lugar de donde había salido.
Y allí la vio, debajo de un coche, mojada y con una cara de miedo que le enterneció.
Pensó olvidarse, pues no le hacía nada de gracia tener un animal en casa, pero cuando iba a meterse dentro, otro quejido le hizo volver la cara y ahí fue cuando se dirigió a ella y cogiéndola se la llevo consigo.
Notaba como temblaba entre sus manos, y su cuerpo lleno de barro estaba frío.
La metió debajo del grifo con agua caliente y la lavó suavemente, mientras ella arañaba sus manos queriendo escapar de tan gran peligro.
La envolvió en una toalla y con el secador, calentó su piel suave. Su pelo se iba volviendo sedoso y su aspecto cambió por completo.
Cuando terminó, la gatita que había encontrado hacia un rato, parecía otra completamente diferente. Daba gusto mirar para ella, y se imaginó a él mismo después de una ducha...¿le pasaría lo mismo?. Sonrió pensando en las tonterías que se le ocurrían, mientras dejándola en el suelo, fue a la nevera, saco la leche y poniendo una poco de esta en un cenicero, se la dejó al lado.
Esta fue directamente a ella y con ansia se la tomó toda. !Vaya apetito!, pensaba mientras la miraba con cara de pena.
Estaba agotado. Ese día había sido muy duro en el trabajo.
Llegó a casa y hasta le costaba abrir la puerta.
Cuando entró, un ácido olor le quemó la nariz y puso cara de desagrado. Se dirigió a la cocina y allí vio la caja de arena, que había dejado limpia antes de irse a trabajar, toda esparcida por el suelo, con pequeños regalos solidos y húmedos, sembrados por todas partes.
Con cara de asco se fue a la sala en busca de la culpable, y al llegar allí su cara dejo la mueca anterior por otra de estupefacción y rabia: el sofá, su sofá de piel, tenía uno de los cojines todo lleno de arañazos. Estaba destrozado por completo.
Y pensó en aquel maldito día en que había sentido pena por un pequeño animal desvalido y sólo a él se le había ocurrido traérselo para casa, solo a él.
Y lo pensó, mientras recogía la revista rota y mordida del suelo, los restos de aquella figura que tan cara le había valido, su PDA en el medio de la alfombra(menos mal), y no quiso mirar, hacia la cortina, no, aquella cortina que tanto le había constado escoger para que hiciese juego con la decoración. No quiso mirar los enganches que tenía de abajo arriba, gracias a las excursiones de escalada, que su querida gata hacía de vez en cuando.
Y pensó en aquella noticia que habían puesta en la tele, si. Esa noticia que hacía tiempo le había impresionado tanto, pero que ahora no dejaba de rondarle por la mente cada vez que llegaba a casa y encontraba un escenario parecido, como el que hoy se había encontrado.
Pensó que habían llamado loca a aquella china que había cogido su gato y metiéndolo en el microhondas, le dio al reloj de tiempo 30 minutos.
Y una sonrisa asomó a su rostro.
!Que calentito se estaba en aquella cama! y ronroneaba con gusto cada vez que metía sus uñas en la colcha y tiraba hacia arriba!Que gustito le daba!.
Volvió la cabeza y le vio en la puerta de la habiación. Y se asustó si, se asustó cuando vio que se dirijía hacia ella con aquella expresión tan rara en los ojos...
Carmela
jueves, 11 de noviembre de 2010
Del mar
Pero él volvió. Los barcos saben de tantos regresos...
Han pasado los años y sus canas siguen enganchadas de sus ojos y de su luz.
Y es que de tanto mirar al cielo, el mar se enamoró de una estrella.
Su reflejo tiene la culpa de que todavía haya momentos en los que el marinero, cegado por la añoranza, solamente perciba sombras.
bicefalepena
VISITA PAPAL.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
El ladrón
Oímos un gran estruendo en la cocina. Platos que caían al suelo.
Acudimos corriendo. Las cabezas rodaban bajo la mesa, con sus ojos saltones y esos dientes de sierra que intentaban componer la última sonrisa; de los cuerpos no quedaban más que las espinas. El ladrón nos miró con sus ojos verdes, saltó desde la mesa hacia nosotros y escapó entre mis piernas.
¡Maldito gato! ¡Nos ha dejado sin sardinas!
Quisiera ser ...como tú.
artistalight
Feliz por siempre
David Figueroa http://relatosenlinea.blogspot.com/
Predicador@
Se avecinan tiempos inciertos...
Creencias
martes, 9 de noviembre de 2010
S.O.S. al editor.
"Corpulencia"
Con semejante físico, es lógico, se da el gustazo de trompear, de vez en cuando, a escogidos cretinos en tren de patoteros. Ha noqueado, por ejemplo, a energúmenos choferes de colectivos. ¿Por qué limitarse a una discusión estéril, pudiendo escarmentarlos? ¡Ha corregido a tantos, elevándolos con naturalidad por sobre su cabeza, agitándolos, hasta hacerles deponer actitudes necias, presuntamente arraigadas! Impuso siempre su corpulencia, y permítaseme enunciarlo así: su preclaro vigor, como factor desmoralizante frente a comportamientos repetitivos de groseros y malintencionados. Ya desde la niñez el admirable Hércules implementó los mentados recursos. Con las mujeres se contiene: se limita a la —también mentada— estéril discusión.
Rolando Revagliatti
http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti
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"Huir"
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.
Rolando Revagliatti
http://rolandorevagliatti.blogspot.com
"Redactor"
Autor: Rolando Revagliatti
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Paseos nocturnos.

Como todas las noches, se atiborraron en la gran despensa, retirándose cuando sus barriguillas ya reptaban por el suelo. Siempre con sumo sigilo para evitar llevarse un buen escobazo. Uno de los roedores olió el perfume de la mujer. Desde lo alto, esta lo miraba sonriente y serena, al contrario que otras veces. De la caja que sostenía escapaban unos granos de maíz que caían al piso. El ratón se relamió viendo ese maíz, idéntico al que acababa de devorar.
Oru y Riposita
- Ay hija..., yo ya no salgo con esas lombrices. Están TAN pegadas a la tierra y algunas huelen TANto a pescado que YO ¡no lo puedo soportar!. Y además, necesito TANto aire...
- Tía, cómo has cambiado. ¡Quién te ha visto y quién te ve...!
Segundas partes nunca fueron buenas...
bicefalepena
Quimera vez
Nos enamoramos.
Nos amamos...
Desde entonces nos buscamos esperando volvernos a encontrar en un nuevo sueño...
Hector Ugalde UCH
Decálogo para escribir microcuentos (Robado de la Escuela de escritores)
1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.
2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.
3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.
4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.
5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.
6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.
7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.
8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.
9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.
10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.
Envía tus microrrelatos de no más de 200 palabras a elmicrorrelatista@gmail.com. Se irán publicando los mejores.