Encaramado sobre una silla, el niño declama con
fervor su poema. Los demás miembros de la familia –concentrados en sus
quehaceres– no le prestan atención. El pequeño entonces afina la voz y comienza
de nuevo. Esta vez recita más alto, con más fuerza y entonando mejor, pero
nada. Su madre continúa fregando los platos con la mirada perdida en el
amarillo de la esponja; su padre, arrellanado en el sillón, se abstrae detrás
de las páginas del periódico y su hermana, encerrada en su habitación, se afana
en escribir en su diario el dolor que todos se han negado a admitir en voz
alta.
Harto de sentirse ignorado, el niño se dirige a la terraza y allí se
enfunda con una sábana blanca robada del tendedero. Resignado vuelve al salón
convertido en un fantasma clásico. Piensa que así, al menos, les dará un buen
susto.
Microrrelatos ilustrados