Etérea.
Abrí los ojos. Tenía una sensación extraña. No conseguía centrarme. Era como si estuviera borracha, todo me daba vueltas. Pero me sentía ligera como la brisa, suave como una pluma. Me miré las manos y eran translúcidas. Me miré el cuerpo y era humo. Era sólo esencia, sin forma, libre, etérea. Curiosamente me sentía feliz, tan feliz que daba vueltas sobre mí misma, como un remolino. De repente oí un ruido, como un gemido. Busqué con los ojos que ya no eran ojos el lugar de dónde procedía. Entonces me dí cuenta de que aún estaba en mi habitación. Sin embargo no estaba donde debería estar: flotaba en el techo. Desde allí vi algo que al principio no entendí. Él, mi amor, estaba sentado a los pies de la cama, la cabeza hundida entre las rodillas, las manos crispadas. Sollozaba y mascullaba algo ininteligible. Yo estaba tumbada, inmóvil, mi cara tapada por la almohada.
Autora: Sara Nieto Yuste
Blog: Palabras preciosas



