Eran
las tres de la madrugada.
El
aire de la noche congelaba los sueños al otro lado del vidrio de la ventana.
Después
de dejar que acariciasen su piel, que intentaran borrar sus muchas cicatrices o
que los pensamientos ajenos quisieran dar sentido a su vida, sintió que el
agotamiento lo invadía. Quiso descansar resguardándose del frío con una manta
de palabras y con una frase como cojín.
Cuando
abrió los ojos, todo estaba oscuro, casi no había oxígeno, sólo un fuerte olor
a madera que impregnaba el lúgubre lugar.
Fue
entonces cuando el papel pensó que había muerto, pero sólo se había quedado
dormido en el cajón del escritorio.
Autora:
Angie Albelda (Elvira de los Ángeles Bello Albelda)
Blog:
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