Daniel Galantz es un fantástico humorista gráfico que los que siguen este blog ya conocerán. Para los que no lo conozcan recomiendo que visitéis su blog GALANTZ.

Pues bien, cual fue mi sorpresa cuando hace unos días abrí mi correo y vi un mensaje suyo en el que me enviaba un bonito diseño para El Microrrelatista. Me gustó mucho y es el que podéis ver en la cabecera de esta página.

¡Gracias Daniel!

sábado, 12 de marzo de 2011

Discos rayados


Todavía, de vez en cuando, se echaban en falta. Todavía uno de los dos, él o ella, cogía el teléfono y llamaba al otro: “¿quedamos?”.
Algunos días más tarde, acudían a la cita nerviosos como flanes y, mientras él pensaba que ella era preciosa, ella se decía que era encantador. Se sentaban entonces y comentaban los proyectos que tenían en mente, lo que esperaban de la vida, los viajes que querían hacer o la familia que querían formar. Dejaban que la emoción devorase sus palabras,  que el tiempo se parase en el brillo de sus ojos y en las caricias que dibujaban sus manos..
Después hablaban del presente, de cómo el trabajo y la rutina minaban sus deseos, del modo en que el silencio les separaba y el deseo empezaba a apaciguarse. Descubrían entonces, nadie sabía exactamente cuando, que sus manos ya no se tocaban y sus miradas habían empezado a evitarse.
Más tarde, cada uno haciéndose fuerte en un lado de la mesa que ocupaban, volvían a encontrarse para enfrentarse, para echarle en cara al otro que las promesas hechas nunca habían sido más que palabras, que cada uno de ellos por separado había luchado por su unión con más ahínco que nadie, que nunca fueron ni amigos ni amantes, que lo suyo había sido sólo una pérdida de tiempo, una mentira, una broma absurda y un engaño.
En ese momento pedían la cuenta, pagaban por separado y después salían a la calle tan solos como habían llegado, cada uno por su lado hasta el siguiente asalto.



viernes, 11 de marzo de 2011

Lágrimas

“Amortajadme con el uniforme de la Flota Colonial y arrojad mi cuerpo al espacio. No quiero que lloréis mi muerte, sino que recordéis mi vida. Perseverad en el esfuerzo compartido y así nuestra especie prevalecerá; más allá de los individuos, más allá del olvido”. Fueron sus palabras antes del fatal desenlace. El comandante de la estrella de combate estalló el primero en lágrimas de rabia por la pérdida del mejor de sus pilotos. El dolor y la impotencia se extendió después hasta el último rincón de la nave.

(Un fundido en negro oscurece la escena. Le sigue un plano de conjunto bien iluminado.)

El tratamiento al que había sido sometido estaba dando resultado. La esposa y las hijas no pueden contener las lágrimas de alegría al percibir en las pupilas una movilidad olvidada. Mientras la mañana se instala en la sala, los párpados del enfermo se alzan lentamente, como si un telón se levantase para dar continuidad a la representación. La sorpresa y la incredulidad se alternan en el brillo de sus ojos.

El Blog Oculto del Caboclo.

jueves, 10 de marzo de 2011

De uno en uno

Las ideas bullen en su cabeza. No le dejan dormir.  No le dejan comer. Escribe compulsivamente intentando dar salida a todos los personajes que abarrotan su cerebro. Pero las manos son más lentas que su mente. Se agolpan en las yemas de sus dedos formando un atasco monumental. Se mezclan escenarios de selvas, ciudades, hogares, con personajes variopintos de amas de casa, sicarios, trapecistas, niños gordos y ejecutivos vestidos con trajes de Armani. “¡Al menos guardad el orden y salid de uno en uno!”, aúlla desesperado golpeándose brutalmente contra la mesa. Entonces, unas manos comienzan a emerger de la brecha, luego una cabeza. Mira hacia abajo y hace señas: despejado. Tras el faquir, sale una bailarina haciendo piruetas, luego un payaso triste, una niña con coletas, una anciana decrépita arrastrando sus pantuflas… En silencio uno tras otro van formando una curiosa fila que se coloca en círculo alrededor de su creador. Impacientes, esperan instrucciones. 

Noúmeno



            El Gran Ingeniero dio por finalizado el último de sus proyectos, el más ambicioso. Invirtió seis días y seis noches en crear lo que consideraba la partícula de la felicidad. Un prodigio nanotecnológico de dimensiones microscópicas y potencial infinito, que transformaría a los homínidos en dioses. Lo insufló en el organismo humano para que se integrase biológicamente en un cerebro que hasta entonces, sólo manejaba impulsos instintivos. Las primeras señales de cambio se produjeron de inmediato. El hombre comenzó a crear herramientas,  a cultivar la tierra, a pastorear ganado y a expresarse con un lenguaje cada vez más elaborado. Luego vinieron las artes, lo que parecía indicar que el experimento estaba resultando un éxito. Entonces aparecieron las religiones, las fronteras, el hambre, las ciencias, y la guerra. A partir de ahí la humanidad entró en un proceso cíclico de progreso y recesión, de creatividad y destrucción, de iluminación y oscurantismo, que la condenó a la más absoluta infelicidad a lo largo de toda una era.

            Decepcionado, analizó las causas de su fracaso. Procesó los testimonios recopilados en millones de oraciones, confesiones, diarios personales y sesiones psicoterapéuticas del último medio siglo. Los datos indicaron que la mente humana captaba un entorno permanentemente hostil ante el cual reaccionaba de forma inconsciente, generando sufrimiento. La conclusión fue decepcionante: el hombre aún no había comprendido que el cerebro no percibe la realidad. La crea.



miércoles, 9 de marzo de 2011

Viajera en el tiempo

Tras soportar una semana de torturas Luzdivina seguía firme en su declaración: “Abrí los ojos y vi cómo aquella sardina, ataviada con casulla, paraguas y bonete, se comía, con cuchillo y tenedor, a aquel monaguillo…”

Tras las protestas del Tribunal lo último que se le escuchó decir fue “…LSD”

El inquisidor fiscal del Santo Oficio dio por terminado el interrogatorio y aseguró que aquellas tres letras escondían una invocación diabólica: Lucifer-Satán-Demonio.

El veredicto fue tajante, Luzdivina tenía alteradas sus facultades mentales, lo que se manifestaba en delirios, alucinaciones, trastornos del ánimo, insomnio e irritabilidad.

Fue acusada formalmente de brujería.

Nota.- Este microrrelato ha participado, sin éxito, en el concurso de Micorrelatos de Abogados del mes de febrero. Las palabras que había que utilizar eran: Interrogatorio, Tribunal, Sardina, Paraguas, Monaguillo

El Aislamiento

A los padres de Corinne.
A Francisco y Clara.
A tantos que abandonaron su tierra,
que nunca volvieron acá,
que nunca estuvieron allí.
Un nimio homenaje a los que aun piensan en volver un día.


(Cuelgo este relato, publicado ya en mi blog. A lo largo del día, si no éste no se pone en contra, publicaré otro que está por concluir, escrito para el Microrrelatista).

Tenía seis años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Paquito y yo odiaba que lo hiciera. Paquito esto, me decía, Paquito, lo otro. Y lo miraba con rabia y le gritaba: me llamo François. Mis compañeros se burlaban y me decían: "Español Paquito". Y aquel día, tenía seis años, lo recuerdo, en un arranque de rabia me lancé contra él como loco. Le di patadas y puñetazos: "François, llámame François". Él permaneció quieto, mi madre nos separó. Yo salí corriendo a mi habitación, el caminó cansado a la suya. Mi madre quedó en la sala, tierra de nadie.

Tenía veinte años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Francisco y a mí no me gustaba. ¡Qué poco le hubiera costado llamarme François, o al menos Fransuá! Mi padre era un intelectual, un albañil que me pedía que le tradujese a Sartre, Camus, Levi Strauss, Merleau Ponty. Mi padre fue alumno y compañero de Unamuno. Qué te hubiera costado, le grité un día, aprender francés. Tenía veinte años y él salió de nuevo camino de su habitación. El mismo andar cansado. Mi madre y yo nos quedamos en la sala, tierra conquistada.

Tenía treinta y cinco años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Paco y a mí no me importaba. Me daba igual entonces la forma en la que los demás me llamasen, porque ya sabía quién era. En la consulta del médico le eché en cara que si hubiera aprendido francés yo no tendría por qué acompañarle. Tenía treinta y cinco años, lo recuerdo, e hice a mi padre llorar.

Tenía sesenta años ayer, lo recuerdo. Mi padre no me llamaba de ninguna manera. Permanecía sentado y miraba al lugar donde me encontraba pero su mirada me atravesaba como si no estuviera allí. Yo me preguntaba qué verían realmente sus ojos, qué pasaba por su cabeza. Le hablaba de tonterías, de recuerdos de cuando era niño, de cuando vivía mamá, pero dudo que él me escuchara. Las tardes en que iba a visitarle las pasábamos así. Ayer, cuando salía de su habitación mi padre me llamó de nuevo Paquito.
Paquito, me dijo, y yo me sobresalté.
Paquito, me dijo, nunca aprendí francés porque siempre pensaba que mañana volveríamos a España.
Tenía sesenta años, recuerdo, y un nudo en la garganta.

Hugo Cueto

Fantasía japonesa

The upper class (Kitagawa Utamaro)

De la unión de Amaterasu, diosa del sol, y del rey Yamatumi nació un varón al que pusieron por nombre Kijuro. Deseosa de que su hijo alcanzara la inmortalidad, Amaterasu tenía decidido desposarlo con una diosa; pero Kijuro, antes de cumplir quince años, se enamoró de una damita de la corte llamada Isako, a la que, temeroso de despertar los recelos de su madre, regaló un pai pai redondo, de seda blanca y mango de marfil, indicándole que lo utilizase durante el día para esconder su rostro y así pasar desapercibida. 

Durante veintiocho noches, aprovechando el descanso de Amaterasu, Kijuro e Isako gozaron de su amor, hasta que la número veintinueve, como se acercaba ya la primavera, la diosa adelantó su despertar y sorprendió a Isako mientras abandonaba el aposento de su hijo. Amaterasu, enfurecida, expulsó a la muchacha del reino y la condenó a vivir eternamente en la oscura bóveda del cielo. Desde entonces Isako, en su soledad, juega con su pai pai y lo abre y cierra lentamente, empleando en ello veintinueve días, doce horas y cuarenta y cuatro minutos: el tiempo exacto que duró su felicidad.


Pativanesca

Mendigos

La chica morena, de pie junto a La Mallorquina, observa en silencio al mendigo sin brazos, agitando con la boca el vaso con las monedas recolectadas, y al yonqui que, de rodillas, implora algo para comer.

Al verles comprende que sus caras de angustia y necesidad hoy se diferencian muy poco de la suya. Mientras ellos piden ayuda a gritos, ella continúa suplicando, en voz baja, y mirando compulsivamente su reloj.

Horas después, al caer la noche, el manco y el yonqui deciden marcharse. Es entonces cuando ella, con lágrimas en los ojos, comprende que él también se fue.

En 99 palabras

Épocas de Cambio.


Llevaba años en mi escritorio redactando el manuscrito. Discerní que las guerras cesarían; que habría un lenguaje universal; que los países se comprometerían mediante tratados; que las mega ciudades se desmantelarían; que las religiones perderían credibilidad; que la gente comprendería que o vivía en armonía o se destruirían.
Me preocupé al tratar de abrir la puerta. Estaba candada. Me arrimé al ventanuco, me aferré a sus barrotes y grité con la esperanza de que María me oyera. Para mi sorpresa, no vino ella, sino unos individuos uniformados. Alarmado les pregunté si había algún problema. Se rieron y mofándose de mí, me dijeron:
— ¿Aún no lo sabes, Profeta...?
Uno, hurgándose en su gabardina, me entregó un objeto. Era un libro; se titulaba: ¡Épocas de Cambio!
De repente lo comprendí. Yo escribía en el Word conectado a Internet y alguien, un Hacker, había descubierto mi obra encontrándola tan “subversiva” como para expandirla sin mi consentimiento por la red. Deduje, aquello debía de hacerse. Claro que a la vez fui consecuente. Todo cambio implica una insurrección que como una marea se lleva por delante a líderes e idealistas; y estaba en la cresta de la ola.
Volví a sentarme ante el ordenador y allí estaban; los Hackers de doce naciones felicitándome y disculpándose por haber defraudado mi obra.
Les di las gracias por su trabajo, les participé que se esperaban tiempos difíciles, y les pedí sus correos.
De nuevo volví a presentir algo, y sin saber exactamente el porqué, me sentí aliviado de responsabilidad.
La sentencia ya estaba dictada. A la mañana siguiente yo: “Jesús Redentor” sería ejecutado sin indulgencia en la “Plaza de la Cruz...”



Moderato_Dos_josef.

lunes, 7 de marzo de 2011

Carta de despedida

La verdad, mi intención era vengarme quitándote la vida.
Pero después de volverte a probar me encapriché y quise alargar tu agonía.
Sé que sospechabas algo, sabías que nadie te podría amar como yo, sabías que aquel pelele con el que saciabas tus ansias no podía hacerte sentir lo que sentías conmigo, pero lo estaba haciendo y eso te estaba volviendo loca.
Fuera de la cama no lo soportas, quién podría hacerlo. Sé qué estabas desesperada porque no podías vivir con él, pero tampoco podías dejar de desearlo y eso me divertía porque a quien realmente deseabas era a mí, deseabas a quien en un estúpido arranque de celos infundados pegaste un tiro y abandonaste en un basurero. Era yo quien te poseía y para ello tenía que usar el cuerpo del imbécil a quien creías desear.
Te repito, mi intención era matarte, tuve muchas veces la oportunidad perfecta, solo tenía que apretar un poco más y habrías sucumbido extasiada en los brazos de tu patético amante, pero en cambio decidí dejarte vivir cuando supe que te había inseminado, decidí dejarte vivir una vida desgraciada, unida para siempre al hombrecillo que no soportabas. Vivirás atada a él porque, aunque era yo quien te follaba, suya fue la simiente que te preñó.

Virtual

El domingo me dejó un ramo de rosas virtuales en el Messenger.
Me pasó un mate de amigos, el lunes, por el chat.
Jugamos un par de veces al pictionary en una página conocida el viernes, y a la semana siguiente tuvimos sexo cibernético… ¡el mejor que he tenido en mucho tiempo!
Cuando me acosté junto a mi marido, lo sentí roncar con fuerza y su cuerpo transpirado junto al mío, comenzó a molestarme.
Esa noche dormí en la otra pieza, con la portátil prendida, esperando a que él se conectara. Siento que el corazón me late en RGB y 98 DPI cuando lo siento conectarse.

domingo, 6 de marzo de 2011

El columpio.



Le gustaba subirse de noche a los columpios de los niños, y así entre las sombras soñaba que un día su balanceo le permitiría llegar a aquella estrella, la suya, la que parecía parpadearle y la acompañaba desde que un día le dijeron "no llores niña, él está ahí arriba".

Y cada noche al balancearse le mandaba mil besos, le hablaba de todo y sentía su ausencia, y su parpadeo le parecían pequeños guiños a los que le contestaba un... "y yo también a ti".


El matemático

Con diez dedos sobre las dos copas el matemático de bocas replicadas desplaza en el aire el brebaje. A su lado la gente duplicada no para de emitir ruidos estridentes, palabras extrañas. Ondulan en paralelo a su paso y él camina entre adoquines formando cubos con farolas apostadas en la calle como porterías de fútbol sin larguero.
No es tan tarde como debería y la calle aún está llena de caminantes de cuatro piernas que le dificultan avanzar río arriba. Los coches, a modo de naves espaciales, dejan un borrón luminoso al deslizarse sobre el asfalto. El paso de cebra como escalera mecánica en horizontal y cada escalón, cada bordillo, como cordillera en miniatura.
El primer vómito le sabe ácido y mancha las cuatro puntas de sus cuatro zapatos. Con el segundo saborea el tequila que pende de un hilo de saliva desde su lengua.
Reconoce al señor de dos cabezas que siempre le pide dinero sentado en un taburete. Está cerca de casa y comienza a buscar las llaves en uno de los tres bolsillos y medio de su pantalón. Le resulta difícil articular sus dos índices derechos con sus dos dedos gordos derechos para hacer prensa en el agujero negro de sus vaqueros.
El portero se acerca caminando como una araña, ocho extremidades negras le cogen bajo los brazos izquierdos y lo depositan en el interior del ascensor. Siente nauseas al elevarse.
Introduce la llave después de diez intentos y cuatro arañazos a la madera. Da un par de vueltas al girar el pomo de la puerta y entra en la casa boca abajo. Se quita los zapatos tirándose en el techo. Cae en la cama centrifugando su cabeza sobre la almohada, las cuatro manos agarrándose a las sábanas y los cuatro párpados cerrándose fuerte para no perderse en la espiral áurea de su cuarto. El alcohol emana de su piel y difumina los límites de su cuerpo como en una nebulosa.
El matemático cae dormido e inicia oposiciones para resaca. Al despertar todo se habrá dividido entre dos. Su vida será la mitad sin ella y él tenderá a infinito como múltiplo de nada.


sábado, 5 de marzo de 2011

"Retazo"

Nació por vía de cesárea Cristina, único descendiente que tuvieron sus padres. El nombre lo improvisaron de apuro, por así decir; lo extrajeron de una criteriosa galera, tras evaluar la armonía fonética junto al apellido. Aguardaban a Juan Ramón Ernesto e irrumpió Cristina. El desencanto se fue desplegando corrosivo en sus ánimos.

La niña, alumna aplicada, fantasiosa y fácilmente ridiculizable, encorvaba la espalda, fruncía los labios cuando se concentraba, bizqueaba a veces y, adolescente ya, padecía ataques de picazón, o lloraba.

En procura de reducir fatigosa gimnasia (contar paradas de colectivos, o perros, o automóviles con tales o cuales características), ritos incoercibles (sentarse durante unos instantes en determinado sillón, antes de tomar la merienda), sueños repetitivos (su madre obstinándose en ofrecerle muestras de comprensión y cariño), concurrió a un curso de control mental que promocionaban por radio. En esas estaba, cuando ella y el licenciado que dictaba el curso se enamoraron. Sin tropiezos accedieron al altar; y ahora, él la embarazó y la tiene ilusionada con que por fin nacerá Juan Ramón Ernesto, una generación después. Retazo de vida.

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"Nunca soñé"

Nunca soñé con tres ojos que me escrutaran desde un pescuezo de jirafa. Que me escrutaran no sin dejar de entornarse alguno, alternativamente. Tres ojos y no tres pares de ojos de diferentes tonalidades. Tres ojos oscuros idénticos. Y que se posaran sobre mí sin benevolencia ni animosidad. Desde un pescuezo inconfundible, irreprochable. Desde una jirafa de la que pudieran pender arañas plateadas, moribundas, o exhaustas. Pendiendo como sólo penden lo esencial y lo sutil. Lo sutil exhausto, lo esencial moribundo. No estaríamos ellas y yo en un zoológico o en un ambiente no trastornado por el hombre. Pero yo no distinguiría el sitio, y hasta ese momento sería únicamente mis cuatro pintorescas narices, olfateando en vano, desasidas de cabeza reconocible. Yo consistiría, hasta entonces, en una pura memoria guiñolesca, afanándose por recuperarme. Sería, claro, una sustancia en su propia procura.

Nunca soñé con algo rubio gelatinoso aposentado sobre un punto cardinal. Ni me soñé punto cardinal sobre el que se aposentara determinada o indeterminada gelatinosa rubiedad.

Nunca soñé con escaleras derritiéndose sobre un valle de incienso. Dos mil ochocientos peldaños, sumando las sesenta y seis escaleras de fibra. Incienso que cubre todo el valle al que pertenezco desde mi primer sueño anotado en un cuaderno infantil. No estaría allí como ninguna de mis presencias mensurables. Y sin embargo, me brindaría a derretirme.

Nunca soñé con hexágonos de piel humana impidiéndome apoderarme de la gracia. Es poco no haber soñado nunca con la gracia apoderada impidiéndome la humana piel de los hexágonos.

Nunca soñé con el antojadizo poder de cristalizar, seccionar y envasar un crepúsculo. Y darlo a consumir sin reparos. Antojo de consumición.

Nunca soñé con un espejismo, ni cóncavo ni convexo. Espejismo con el que hubiera podido restituírseme la gobernabilidad de mis sueños.


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"Sembranza"

Soy lo que soy desde que se murió mi mamá. Me sentía libre al principio, liberado. Me lo merecía. Mientras ella vivía fui un pelagatos. En la gran ciudad. No voy a revelar cuál era mi ocupación. En todo caso, digna. Mientras ella vivió, “el hijo de la sucia” me endilgaban. El eslogan dolía. Y dolía también el otro eslogan: “El hijo del vecino”. En referencia al quiosquero, el solterón de la casa de al lado. Y algo hubo, algo pasó.

En efecto, mi mamá no era propensa a la higiene. No era, tampoco, una mujer dada, que se pudiera decir, comunicativa. Estrictamente, gruñía en ocasiones. Yo le preguntaba: “¿Vino Isabel a buscarme?”: gruñido. “Mamá, ¿me hacés el nudo de la corbata?”: gruñía y me hacía el nudo de la corbata con una pericia deslumbrante. Le comentaba: "Me aumentaron el sueldo”: gruñido. Y le proporcionaba una generosa porción de mis ingresos. Trabajaba yo doble turno y ganaba por ese turno doble el ochenta por ciento de lo que se me abonaba por el turno simple. Y aún me quedaba un ratito para darle algunos besos a mi novia de la infancia, la adorable, la resignada Isabel. Escasas emociones en los primeros treinta años de mi vida.

Ahora soy un trashumante, difusamente melancólico. De Isabel me despedí, apenas después de tomada la ruda resolución de vagabundear. A mi mamá la llevo en el espíritu a donde quiera que me traslade y con quien sea que me junte. Admitan en mi semblanza que la añoro. Tengo para mí que acabaré por hastiarme.

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COMEDOR ESCOLAR

La letra con hambre entra.

Akelarre

En la planta 14 hubo gran movimiento en los pasillos. Carreras de carros, de médicos y enfermeras sorprendidos del milagro que se había producido en la 1414. El mismo día en que había sido desahuciado y uncido con los santos óleos, el paciente A.M.T. recobraba sus constantes vitales abriendo los ojos y exhalando el aire viciado, que parecía molestarle en sus pulmones. Sus padres se miraron y felicitaron. Mereció la pena…

Bajo su cama, un paño negro con restos de una celebración.




Entretanto, en la planta 2, las mismas carreras de médicos, enfermeras y todo tipo de sanitarios con diferentes carros de reanimación que no entendían lo que acababa de suceder. En la 214 T.M.A. y M.T.A. se llevaban las manos a la cabeza llorando por el neonato que había dejado de respirar, sin explicación aparente.

Bajo la cuna, pulcritud, ilusión, desilusión y lágrimas.,

El akelarre había funcionado, de nuevo.


HAPPY DAY


      
       Ver a aquellos hombres volar y súbitamente quebrarse, caer y estrellarse contra el suelo, constituía un espectáculo formidable. Un reclamo que atraía a miles de turistas venidos de los lugares más recónditos del mundo. Todos esperaban impacientes el momento en el que los hombres subían  a lo más alto de los rascacielos, saludaban a la multitud, se asomaban al abismo y extendían los brazos en cruz. Luego, al son de la música, se arrojaban al vacío. Uno tras otro, sin pausa. La gente enardecida chillaba y aplaudía a rabiar. Pero cada año, sin ninguna explicación, sucedía lo mismo. Una larga hilera de hormigas atravesaba la calle. Obligando a suspender los saltos hasta que la última lograba cruzar y ponerse a salvo.


Agustín Martínez Valderrama

Aprendizaje

Cuando nació tenía el universo dentro, lo sabía todo y lo olvidó con la primera luz del día. Desde entonces, poco a poco, va recordando.
Debe ser por eso que cuando oye o lee mentiras en los periódicos, en las bocas de personajes públicos o privados, amigos o amigas, su universo interior se da la vuelta y no quiere saber nada.

viernes, 4 de marzo de 2011

Despertares

Cuando desperté supe que algo raro pasaba. Al levantarme apoye con fuerza los pies en el suello y me palpé la cara para comprobar que no me había convertido en un monstruoso insecto kafkiano. Me froté los ojos y busqué mi reflejo en el espejo del armario. Ahí estaba. No era un fantasma. Fue al girarme cuando lo comprendí todo. Tendida desnuda sobre la cama, dormía una preciosa mujer. Por favor, que nadie me despierte.

Puck

Very Important People

-¿Por qué me mira así?
-No lo sé. Creo que está borracha.
La chica se les acercó atravesando la pista de baile y empezó a gritar por encima de la música.
-¡Tú! ¡Estabas en mis sueños! ¡Puedo ver la marca en tu frente, has venido para matarnos a todos!
Alguien se acercó y se la llevó sonriéndoles.
-No le hagáis caso, ha tomado ácido.
-Tranquilo, no pasa nada.
Los dos hombres ni siquiera intercambiaron una mirada. El primero dijo:
-Vale. Tenemos que salir de aquí antes de que se entere todo el mundo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Sacrificio

Desde cierta distancia, agazapado, el monstruo verde la acechaba, la observaba. En un momento dado, sacó su lengua pegajosa con la que atrapó la joven hermosa como si fuera una mosca y, ¡fuán!, se la tragó. Cuando hubo eructado de satisfacción, todos en la aldea celebraron las fiestas de adoración a sus dioses.




Andri Alba

Safe Creative Protected

TRISTÓN

Había muerto trabajando. Era el payaso más importante del circo, y ahora estaba sobre mi fría mesa de autopsias. Todavía llevaba puesto el traje con su nariz roja. No pude contenerme y la apreté. Su sonido característico inundó la sala. Los tres forenses que allí estábamos reimos a carcajadas. En la sala de espera, el domador y la trapecista, lloraban desconsoladamente.

El coleccionista de miradas.

Amaba su colección. Todas las mañanas, después de desayunar, entraba en el gran salón donde la tenía expuesta, y paseaba lentamente la vista por los frasquitos. Los ojos azules, pardos, grises, verdes, lo miraban desde dentro del formol y le recordaban el cazador en que se convertía al caer la noche, el que salía buscando presas a las que arrancar sus miradas con maestría de cirujano. Los policías lo encontraron muerto en la sala de la macabra exposición. Al leer en voz alta la nota que sujetaba, miraron al fondo, al lugar privilegiado donde estaba el gran frasco, vacío, como las cuencas de sus ojos.

Torcuato González Toval

miércoles, 2 de marzo de 2011

Un lugar entre tus tejas

Las golondrinas llevamos los secretos de la primavera entre las alas. Como notas musicales entre el cielo y las nubes atravesamos los valles rumbo a tu mirada.

Si me haces un sitio, construiré un nido entre tu pelo y por la noche colgaré tus sueños de flores de algodón para que la brisa los acune.

Si dejas que me quede, vigilaré desde el crepúsculo que la luna te traiga todas las estrellas que he recogido para ti.

Si soportas mi querer, cantaré para ti cuando llegue la lluvia y espantaré con mi vuelo la soledad que viene a mi encuentro desde tu ventana.

Y cuando llegue la última estación y me marche, pediré a la nieve que baile a tu vera hasta que se te corrija la pena y los poemas de amor broten de nuevo.

Tonet

¡Adiós!

Surqué todos los mares y te encontré. Pero el final del verano quiso demostrar que nuestro amor era imposible. Tú te fuiste tierra adentro. Yo me quedé sumergiendo en lágrimas mi cola de sirena.

martes, 1 de marzo de 2011

En compañía







Si supieras lo bien que me hace sentirte cerca, en este espacio infinito. Gracias amor por haber llegado.

Cerveza rubia

Nuestra relación no entendía de sentimentalismos. Cada vez que nos veíamos su espuma terminaba en mi boca.

Creación del colibrí

Terminó la creación de los insectos y le parecieron hermosos, terminó la creación de las aves y las vio buenas. Sin embargo faltaba algo que le deleitara los ojos y el alma, entonces, en un árbol, puso una colmena y debajo un nido de distintas aves. Al romper los huevos, las crías buscaban comida e ignoraban a las abejas; pero hubo una que estuvo atenta a su modo de volar, de suspenderse en el aire, de recolectar alimento, y lo perfeccionó.

Decálogo para escribir microcuentos (Robado de la Escuela de escritores)


1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.

2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.

4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.

5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.


Envía tus microrrelatos de no más de 200 palabras a elmicrorrelatista@gmail.com. Se irán publicando los mejores.