Llevo luchando con este
amargor tan extraño que me corroe, desde que te vi en la
estación. Al gritar tu nombre me ignoraste para subir al vagón apresuradamente.
Me pareció que tenías miedo y sobre mi colchón de cartones sufrí un aguacero de dolorosos recuerdos, algunos de los cuales
continúan tatuados bajo tu ropa. Ahogando mi culpabilidad en tragos de vino,
capté el instante fugaz en el que me miraste al pasar, a través de la
ventanilla. La calle había blindado mi corazón contra tu odio y tu desprecio,
pero la mirada vítrea que se llevó aquel tren era distinta. Tu lástima me está
envenenando.
Del blog: MICROCUENTOS (y otras historias)



