Se había despertado de madrugada para ver las constelaciones. Era uno de sus
alimentos: las estrellas y sus nombres, las nebulosas, los cúmulos, las
gigantes enanas.
Cogió un abrigo y salió a la noche. Así fue como se encontró en el bosque
inmenso, inmenso como su tristeza. Caminar en la noche frondosa le resultaba
algo atávico, que no podía ni quería controlar. Entre los troncos se sentía
seguro, en paz.
Las cortezas emanaron un ligero efluvio, el suelo chasqueó bajo sus pies y
únicamente extrañó el titilar celeste. Tropezó con ramas, apartándolas sin
temor. Sentía que el bosque le pertenecía de siempre, que los árboles eran su
familia, que lo protegerían, que le darían el amor que nunca tuvo. Fue de este
modo como lo encontré, abrazado a un árbol y con las extremidades enroscadas a
un tronco. Del torso nacían brotes nuevos y por su piel se paseaban bichos
minúsculos, arañas y lentos escarabajos.
Le
adiviné una sonrisa sosegada y los ojos reflejaban aún el brillo de las
estrellas.
Autora: Virginia González Dorta
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