Daniel Galantz es un fantástico humorista gráfico que los que siguen este blog ya conocerán. Para los que no lo conozcan recomiendo que visitéis su blog GALANTZ.

Pues bien, cual fue mi sorpresa cuando hace unos días abrí mi correo y vi un mensaje suyo en el que me enviaba un bonito diseño para El Microrrelatista. Me gustó mucho y es el que podéis ver en la cabecera de esta página.

¡Gracias Daniel!
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sábado, 9 de julio de 2011

El sonido del agua

Traes a mis pies la arena de los desiertos y es como si acumularas ante mí el tiempo que he perdido entre tus labios. Toda semilla es yerma en esta orilla de silencios sin cauce. Desesperado, desordeno las notas del pasaje: traes a los desiertos la arena de mis pies y es como si acumularas antes de tiempo un cauce de semillas para estos labios míos tan perdidos. Desordenado, espero el pasaje en que notas que no cabe un silencio en esta orilla y te sientas al fin a verme marchar dibujando con mis huellas el sonido del agua.

sábado, 18 de junio de 2011

Vita nuova

Mira hacia atrás, se agacha y, con cuidado de no tiznar su traje nuevo, recoge en un trapito las cenizas y, para acabar con todo, lo anuda con una habilidad inusitada y lo deposita en el contenedor de basuras. Ella lo mira, lo busca, lo llama a tan solo unos metros de distancia. El hombre sacude sus manos como si aplaudiera el buen final de un filme mediocre y durante un instante apenas observa a aquella mujer por la que ha dado una vida entera. Seguro de no reconocerla, se centra en la hermosa claridad que lo envuelve, respira hondo y empieza a sollozar como un recién nacido. Al poco, cuando ya siente el calor de la luz, sonríe, balbucea un deseo y reanuda el paso para notar en sus pies descalzos el latir del mundo. Ella, resignada, recoge las cenizas y las guarda en el bolso; dicen en los diarios que a veces esconden diamantes.

sábado, 4 de junio de 2011

En manos de un ángel

Ha domesticado el viento en cuatro días y ya vuela como los mismos ángeles. Nadie me creería si algún día me decidiera a contarlo, pero Marta me lleva en sus brazos y sobrevolamos la ciudad. Parece poco masculino, lo sé. Pero es todo lo contrario: en realidad siempre hacen con nosotros lo que quieren. Anochece, y el crepúsculo la hace parecer tan bella. Sólo un estúpido como yo ignoraría que Marta ha aprendido a volar sólo para hacerme caer cada vez desde más alto.

sábado, 21 de mayo de 2011

Acto público

Cuando dejó en una palangana la cabeza y limpió la sangre que goteaba de sus manos en una pica de piedra colmada de agua sucia, entre el público asistente brotaron suspiros, avemarías y algún que otro reniego. Una mujer mayor se desmayó. Para la próxima, pensó Robespierre, deberíamos buscar a alguien más habilidoso para picar los ajos con que aliñar el asado popular del día de la república.

sábado, 9 de abril de 2011

Como si tal cosa

A veces es mejor no tomarse las cosas en serio. Como si realmente el arma que está presionando tu sien no fuera sino un mero artefacto fabricado por la mano del hombre (tu mano) y como tal tenga un tanto por ciento bastante considerable de fallar. Como si el carmín de los labios que te escupen fuera el espejo de tu sangre inminente. Como si la cuerda que te ata las manos a la espalda, tras la silla, no fuera cien por cien natural y, como tal, fuera a deshilacharse de un momento a otro por solidaridad entre cadáveres. Sigamos hablando como si tal cosa, cielo. Al fin y al cabo, no soy más que una estúpida actriz de teatro, tú lo has dicho, y tal vez esto no sea, mi amor, nada más que un ensayo.

Cartografía elemental

domingo, 30 de enero de 2011

Rectitudes

Tras toda una vida de entuertos, circunloquios y andar por fuera siempre del camino, fueron tan certeros sus últimos pasos, que no pudo por menos que vanagloriarse de su gran puntería mientras caía hacia la luz imaginando la sonrisa torcida de su recto padre. 

El cartógrafo

sábado, 15 de enero de 2011

Lenta travesía al mar en calma

A menudo, mientras observa uno a uno los lienzos de cada nueva colección que entra en mi tienda, buscando la luz que falta en sus paredes blancas, recuerda en su mano el contacto de la mano de un niño. Durante mucho tiempo, guardó los dibujos que el pequeño garabateó para él como un poeta mientras su madre se esforzaba, pese a su corazón, en alejarle de sus vidas. Un día no pudo evitar -o eso me dijo- que su dolor les prendiera fuego. Y algo de sí mismo ardió con ellos.
Hoy parece tranquilo. Desvanece sus ansias en la sonrisa de una bonita muchacha que me muestra un catálogo de marcos. Suspira. Creo que sueña. Quiero creer que hoy, al volver a casa, no dibujará en la pared con los dedos tiznados de lágrimas el dibujo que hubiera deseado trazar, entre risas y magia, junto a mi mujer, de manos del que no fue su hijo.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Dorian duerme en la terraza, cariño, no lo espantes

Gustavo recoge sus últimas caricias del cuerpo de Patricia y las guarda en su gastada billetera como quien conserva las fotos de carné para recordar cómo fue en otro tiempo. Mientras desciende las escaleras a toda prisa, abrochándose aún los últimos botones de su viejo anorak, hilvana en sus labios los acontecimientos que lo han empujado a aquella huida, como si de ese modo soltara un lastre de palabras que le permitiera alejarse de un pozo de arenas movedizas.
Esa mañana ha despertado algo más temprano que de costumbre. Patricia dormía. Gustavo la contempla en silencio. La ama. Adora la tersura de su piel, la frescura de su gesto, la pureza de su aura. De repente, piensa que podría amar incluso sus cicatrices, las de cuando ella era una niña o la que ese mismo martes, dos días atrás, le había ocasionado una lata mal cerrada. Y entonces Gustavo se echa hacia delante con la intención de besarle la palma de la mano. Y descubre, atónito, que la cicatriz se ha desvanecido. A duras penas silencia un grito de espanto. Se echa hacia atrás. Su pulso se agita como las teclas de una máquina de escribir. Olvida respirar durante un breve instante, hasta que vuelve en sí. Y es entonces cuando nota el dolor en su mano, al apoyarse en la cama para tratar de incorporarse. Ante el espejo, descubre en el pómulo derecho de su rostro aún húmedo por el agua helada un llanto irrefrenable. Le duele de pronto la tristeza de las paredes blancas y se agarra como puede al lavabo para no caer al recordar la sangre de un anciano al que no había visto antes. Patricia le habló de él anoche. Había tenido que limpiar su cuerpo para que pudieran amortajarlo. Oye de pronto una risa proveniente de la cama. Aún duerme. Ríe. A medio vestir, se acerca a ella y descubre horrorizado en el rostro de ella su sonrisa, esa que él no encuentra desde hace algunos años.
Al abrir la puerta de la calle, tropieza con Dorian, una gata común de pelo gris que suele pasar las tardes en la terraza del piso que comparten Patricia y él. El animal protesta y Gustavo se agacha para acariciar su lomo. El zarpazo abre una herida en la palma de Gustavo. Sangra. En ese instante, se ve reflejado en el escaparate de una tienda de arte, enmarcado en caoba. A sus treinta y tantos, le sorprende su pelo blanquecino y su rostro arrugado y excesivamente demacrado. Suspira. Durante los últimos siete años, ha amado ciegamente a la mujer que aparece a medio vestir a su espalda, hermosa, deseable, sonriente. Cualquiera hubiera dicho que aquella mujer parecía cada vez más joven.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El aprendiz de Prestidigitador

Señores pasajeros (y también ustedes, queridas pasajeras). Al habla el capitán. No se preocupen. La tormenta pasará en breve. Pueden desmadejar las nubes de algodón (como verán, las hay a cientos) y tejerse unas hermosas almohadas bajo las cuales guarecerse mientras tanto. Aquellos de ustedes que siguen despiertos, por favor, dejen de protestar. Es cierto, hemos perdido el rumbo. Enseguida pasará la azafata a repartir la cena. O la merienda. O el desayuno, si prefieren. No, no hemos perdido el tiempo. Seguimos adelante, aunque parezca que llevamos una eternidad volando en círculos. A estas alturas, déjenme recordárselo, no podemos cambiarles el billete. Un tíquet, un viaje, ya lo saben. Y ni hablar de bajarse en marcha. Planearemos un aterrizaje a su medida.  Nos quedan bebidas para un rato, y no vayan a engañarse, tenemos bocadillos para varias semanas. ¿Ven todas esas lucecitas? Sí, en algún lugar de ustedes hay un mapa. Como podrán ver, no importa el rumbo, los vientos cambian los lugares de sitio y sí, han visto bien, todo a su alrededor es agua. En el fondo, queridos pasajeros, mis dulces pasajeras, somos pequeñas islas, sueños en el aire, ondas sonoras, notas, ¿las notan? Señores, señoras. Al habla el capitán de este sueño. En sus manos está que este sea un plácido vuelo. ¿Me han oído?: están volando. ¿Ya han olvidado lo hermoso que eso es? Si agitan las manos en el aire y acarician el viento, esta será, queridos míos, la más hermosa y dulce de las sinfonías. ¿Cómo les va a importar una tormentilla o un pequeño retraso? La verdadera felicidad, mis niños, niñas mías, siempre está en el camino ^_^

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las enseñanzas de Heráclito

En los días de lluvia, solía emborracharse hasta perder la conciencia de todas las gramáticas. Balbuceaba empapado en lluvias antiguas, deambulando como un madero viejo por los recodos corroídos de su ser. Llenaba su boca de barro y balbuceaba sonidos incoherentes, como si tratara tal vez de invocar en aquel cielo emborronado de lluvia y alcohol las palabras primigenias, como si todo pudiera comenzar de nuevo y existiera un modo de librarse del dolor de su ausencia.
Llevaba años así cuando una noche oscura, una noche de tormenta amarga, su garganta esgrimió la voluntad del aire y pronunció los fonemas necesarios. Todo desapareció. La lluvia, la oscuridad, los muros derruidos de los viejos templos faristeos, el sonido del miedo, el sabor de las almendras en la boca de ella, el dolor, el titubeo de los labios bajo los efectos del desaliento, incluso la memoria. No quedaba nada. 
Desolado, observó el vacío que lo rodeaba y, antes de ser consciente de lo desmedido de su empuje, trató de llamarla. No hubo palabras. No existía universo que transmitiera las ondas. Cayó de rodillas, tembló. Ni siquiera fue capaz de recordarla cuando, un instante antes de la gran explosión, se hizo la luz y el futuro se desmoronó como los cimientos de una catedral ante la inminencia del diluvio.

Decálogo para escribir microcuentos (Robado de la Escuela de escritores)


1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.

2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.

4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.

5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.


Envía tus microrrelatos de no más de 200 palabras a elmicrorrelatista@gmail.com. Se irán publicando los mejores.