Abandonadas sin ningún pudor y sumidas en la más profunda ceguera. Así las habían dejado. Ellas que tanto viajaron, que tantos lugares visitaron, que tantas cartas ayudaron a escribir, ahora se encontraban solas y desamparadas en una gasolinera en medio de la nada. Inmóviles, a tientas buscaban sus ojos. No comprendían cómo era posible que Pablo las hubiera dejado olvidadas, allí, sobre el lavabo, ni cómo conduciría ahora sin ellas.
Maite
Pobre Pablo!!! No debe saber donde las dejó...
ResponderEliminarJajaja, y pobres ellas, que no encontrarán un dueño con quien encajar a la perfección.
ResponderEliminarUn abrazo Anita.
Hermosa fantasía acerca de gafas pensantes,ojalá inspire a un inventor a fijarles una alarma para hacerlas inolvidables.
ResponderEliminarYa existe la tecnología.
Seguro que él las echará más de menos, y si no , al tiempo.
ResponderEliminarSaludos
Uy Carlos, si vieras la de veces que he pensado en eso... ¿"ande" he dejado las gafas? ¿y como las encuentro si no veo? ¿qué tal instalarles un busca? ja jaja
ResponderEliminarCarlos de la Parra: Pues no sería mala idea, yo creo que habrá miles y miles de gafas perdidas por el mundo. Un abrazo.
ResponderEliminarMiguel: Buenísima observación, y más si va conduciendo. Un abrazo.
Anita: Ya estás preparando la patente :-D Un abrazo
Lentes de contacto mucho mejor.
ResponderEliminarUn abrazo.
TR: Desde luego, o cirugía láser y se acabó el problema :-D
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